Lo más complicado tras las palabras "es maligno" es asimilar que estás enfermo. No hay síntomas, aparte del bulto, no hay malestar, un "últimamente estoy un poco cansada". Nada. Pero tienes, al parecer, una de las enfermedades más temidas de los dos últimos siglos. Para curarse de una enfermedad que ni se siente ni se padece hay que pasar por una operación (más o menos complicada), con un postoperatorio (más o menos doloroso), para posteriormente someterse a un tratamiento (que suele dejar al paciente bastante baldado), tras el cual nunca se sabe qué es lo que se va a ver en los ojos del doctor: satisfacción, frustración, derrota.
Próxima parada: oncología, diez de enero. Lo analizo e identifico un proceso mental muy distinto, mucho más complejo al que me sometí antes de la operación. Es otro nivel, palabras mayores. Ahora viene lo bueno, la gran batalla. Pero lo más difícil es no saber contra quién se lucha; el tumor ya no está, los análisis dicen que no está extendido. Es un por si acaso que se me antoja muy caro, demasiado violento para un cuerpo aparentemente libre de intrusos. O no. Por eso esta vez sí me voy a apuntar todas las preguntas, porque cuando me mire al espejo y vea el reflejo de una persona desconocida necesitaré respuestas, y no me puedo permitir el lujo de no tenerlas. No en este punto.
El día a día vuelve poco a poco a una normalidad extraña, sin trabajo, sin apenas rutina. Me concentro en la herida, en la movilidad del brazo y anhelo coger a Jimena cuando llora y me llama por la noche. Los que vinieron con árboles rojos bajo el brazo volvieron a sus propias rutinas, después de haber sofocado levemente sus ansias, después de haber dado tanto, TANTO, en apenas siete días. Intento volver a ser nosotros, los tres, dentro de nuestros círculos concéntricos, pero un tirón en la axila me recuerda que todavía no estamos listos. Esta noche, Jimena duerme con su abuelos, soñará con hipopótamos y pollitos y yo dormiré de un tirón para jugar con ella mañana un poco más que hoy, un poco más que ayer.
Y así hoy, un poco más que ayer, estoy más fuerte. Hoy, un poco más que ayer, soy más y más consciente de que esto, en realidad, empieza ahora. Esta certeza me tranquiliza. Porque aunque sé que desconozco la magnitud de lo que me espera también sé que entiendo la gravedad de la situación. Esto me ayuda a poner las cosas en perspectiva y a convencerme de que tengo los pies en la tierra, que no albergo falsas esperanzas con respecto a esta nueva fase. Como diría mi abuela: "Eso ye lo principal".
Esta semana he recibido más muestras de cariño que en toda mi vida. Y entre todas ellas veo a Nasser remando con la mirada fija en el horizonte, y a mi madre asegurándose de que no entra agua en nuestro barco, taponando cualquier grieta, por pequeña que sea. Con un equipo así es imposible no dormir tranquila.
Muchas gracias a todos, por todo. Besos, abrazos y tararás.
miércoles, 29 de diciembre de 2010
miércoles, 22 de diciembre de 2010
El primer paso
Estoy en casa, con un tumor y un ganglio menos y una cicatriz más, así que esta entrada va rápida, que estoy un poco dolorida y creo que lo que necesito es meterme en la cama.
Fue todo bien. En principio el ganglio centinela, algo así como el libro de visitas donde queda registrado si hay células campando a sus anchas, ha dado negativo. Primera buena noticia. Como la herida iba muy bien me han mandado para casa, a que me cuiden aquí, y a ver la sonrisa de Jimena, que me hacía mucha falta.
Mañana más. Hoy, de momento, a la cama.
Felices sueños.
Fue todo bien. En principio el ganglio centinela, algo así como el libro de visitas donde queda registrado si hay células campando a sus anchas, ha dado negativo. Primera buena noticia. Como la herida iba muy bien me han mandado para casa, a que me cuiden aquí, y a ver la sonrisa de Jimena, que me hacía mucha falta.
Mañana más. Hoy, de momento, a la cama.
Felices sueños.
viernes, 17 de diciembre de 2010
Empezamos
La rueda se ha puesto en marcha y la única que parece no notarlo es, afortunadamente, Jimena.
A mi alrededor, un baile de llamadas, mensajes, visitas esperadas e inesperadas. Dentro, calma.
No creo equivocarme si afirmo que de todas las personas realmente cercanas yo soy la que en mejor estado se encuentra. Todos estamos faltos de información. Los médicos necesitan saber qué tipo de tumor es y su alcance. Nasser necesita saber si decidimos que Jimena venga o no a verme al hospital. Mi madre necesita saber cómo va a ser la terapia, y mi padre necesita saberlo todo. Yo dependía de una llamada que me iba a dar la única información que necesitaba. El teléfono sonó, por enésima vez.
Iré el lunes por la mañana a que me inyecten un isótopo radiactivo (mola, ¿eh?) y luego, tras haber acomodado a mis padres astures en casa, ingreso para la operación. Será el martes, y como mucho, si no hay complicaciones, pasaré dos días en el hospital. Lo justo para recuperar el sueño perdido durante este último año.
Como eso era lo primordial, me olvidé de preguntarle al ginecólogo cosas que supongo importantes, como:
1: ¿Cuánto durará la operación? A no ser que me dé datos en tiempo onírico no me afecta demasiado
2: ¿Puede subir Jimena a planta? Después de pensarlo, y si es necesario y me dejan, prefiero verla en la zona césped, que hay más oxígeno entre virus y virus.
3: ¿Cuántos puntos me darán? Ajá. Esta pregunta no la olvidé. Evité por todos los medios hacerla porque en mi mente esa situación corresponde a la fase 2. Necesito ir por partes, y entrar en la fase 2 sin haber terminado la 1 puede tener consecuencias nada deseables (aparte de ser, posiblemente, una aberración filosófica).
Mi amiga Yaiza me dijo que "lo que pasa es que la palabra cáncer te arruga el corazón por dentro". Cierto. El mío estaba tan arrugado que no era capaz de encontrar cosas que sabía que había dejado en él. Fue como si alguien lo hubiera conectado a una válvula de vacío. Y miré alrededor. Y cada mirada de Nasser, cada gesto de Jimena, de Julia, cada abrazo de Diana, cada llamada, mensaje, visita esperada e inesperada lo fueron inflando de nuevo. Ahora cuando busco algo aquí dentro, lo encuentro. Porque a diferencia de lo que ocurre en mi casa, mi corazón- mi mente- están en orden desde hace algún tiempo. Y con esta cabeza, buena o mala, mejor o peor, tengo la intención de cruzar la puerta del hospital.
Empezamos.
A mi alrededor, un baile de llamadas, mensajes, visitas esperadas e inesperadas. Dentro, calma.
No creo equivocarme si afirmo que de todas las personas realmente cercanas yo soy la que en mejor estado se encuentra. Todos estamos faltos de información. Los médicos necesitan saber qué tipo de tumor es y su alcance. Nasser necesita saber si decidimos que Jimena venga o no a verme al hospital. Mi madre necesita saber cómo va a ser la terapia, y mi padre necesita saberlo todo. Yo dependía de una llamada que me iba a dar la única información que necesitaba. El teléfono sonó, por enésima vez.
Iré el lunes por la mañana a que me inyecten un isótopo radiactivo (mola, ¿eh?) y luego, tras haber acomodado a mis padres astures en casa, ingreso para la operación. Será el martes, y como mucho, si no hay complicaciones, pasaré dos días en el hospital. Lo justo para recuperar el sueño perdido durante este último año.
Como eso era lo primordial, me olvidé de preguntarle al ginecólogo cosas que supongo importantes, como:
1: ¿Cuánto durará la operación? A no ser que me dé datos en tiempo onírico no me afecta demasiado
2: ¿Puede subir Jimena a planta? Después de pensarlo, y si es necesario y me dejan, prefiero verla en la zona césped, que hay más oxígeno entre virus y virus.
3: ¿Cuántos puntos me darán? Ajá. Esta pregunta no la olvidé. Evité por todos los medios hacerla porque en mi mente esa situación corresponde a la fase 2. Necesito ir por partes, y entrar en la fase 2 sin haber terminado la 1 puede tener consecuencias nada deseables (aparte de ser, posiblemente, una aberración filosófica).
Mi amiga Yaiza me dijo que "lo que pasa es que la palabra cáncer te arruga el corazón por dentro". Cierto. El mío estaba tan arrugado que no era capaz de encontrar cosas que sabía que había dejado en él. Fue como si alguien lo hubiera conectado a una válvula de vacío. Y miré alrededor. Y cada mirada de Nasser, cada gesto de Jimena, de Julia, cada abrazo de Diana, cada llamada, mensaje, visita esperada e inesperada lo fueron inflando de nuevo. Ahora cuando busco algo aquí dentro, lo encuentro. Porque a diferencia de lo que ocurre en mi casa, mi corazón- mi mente- están en orden desde hace algún tiempo. Y con esta cabeza, buena o mala, mejor o peor, tengo la intención de cruzar la puerta del hospital.
Empezamos.
domingo, 12 de diciembre de 2010
El rosa nunca fue mi color
Me lo noté después de una pequeña mastitis. A pesar de que la congestión remitía, había un bulto que seguía estando allí, donde no debía. No soy de las personas que prefieren vivir en la ignorancia en cuanto a salud, así que un mes y medio después, tras haber visto a la matrona, al ginecólogo y haber estado en tratamiento con antiinflamatorios y calor, me vi esperando en el centro de salud por una ecografía. La montaña rusa se puso en marcha. Las palabras "hay que biopsiar" pusieron a mi cerebro en un estado de alerta nunca experimentado anteriormente, y lo que vino después confirmó las peores sospechas.
Una biopsia es una prueba emocionalmente compleja; las personas que están en la habitación contigo son plenamente conscientes de que sus palabras, su lenguaje corporal, hasta el modo en que respiran son registrados por quien está tumbado en la camilla, procesados y utilizados para sacar conclusiones propias que, generalmente, carecen de fundamento científico.
El radiólogo había salido a presentarse mientras yo estaba en la sala de espera: un tipo con voz calma, gesto poco expresivo, y muy, muy cercano. Echada ya en la camilla se acercó a mí, puso su mano en mi cadera, y formuló un "¿cómo estás?" que no percibí como retórico. Esa mano, cálida, firme y tierna a la vez, era la mano de un médico, un sanador. Una persona que se hacía cargo del momento por el que estaba pasando y que me transmitía un mensaje mudo: sea cual sea el resultado de la prueba de hoy, vamos a cuidar de ti, te vamos a acompañar en cada paso del camino.
La biopsia tardó cuatro largos días. Cuando finalmente los resultados confirmaron las sospechas del radiólogo, y mis peores temores, quise correr a casa, esconderme bajo el edredón y esperar despertarme de un horrible sueño. Pero solo pude permanecer inmóvil, como si eso pudiera detener el tiempo a mi alrededor y dentro de mi cuerpo.
Los días siguientes están algo borrosos. Recuerdo lágrimas, impotencia, maldiciones y, finalmente, la revelación. Esto es real, esto es real, está aquí, dentro de mí, cerca de mi corazón, justo donde Jimena se queda dormida cuando se despierta en mitad de la noche. No puedo echar a correr, no hay adónde ir. Solo puedo mirarme todos los días en el espejo, tocarme, comprobar que sigue ahí, y decirme en susurros que esto es pasajero, que será muy duro, pero que voy a lograrlo. No hay otra opción.
No, el rosa nunca fue mi color, a mí siempre me gustó el naranja. Pero ha invadido mi vida, y se ha convertido en mi causa. Hoy, muchas mujeres caminaron por su vida, por la de familiares o amigos. E incluso hubo gente que caminó por la vida de personas desconocidas. Yo no estuve allí por la sencilla razón de que aun no puedo identificarme como parte de esa causa, creo que aun no me he enfrentado a esa parte del proceso. Pero muy pronto vestiré mi mente de rosa, y caminaré por mi vida y por la de las mujeres que, como yo ahora, no pueden hacerlo porque aun no están preparadas, y por la de todas aquellas que, desafortunadamente, están por venir.
No, el rosa nunca fue mi color. Pero lo va a ser dentro de muy poco, así que voy a empezar a buscar un nuevo fondo de armario.
Una biopsia es una prueba emocionalmente compleja; las personas que están en la habitación contigo son plenamente conscientes de que sus palabras, su lenguaje corporal, hasta el modo en que respiran son registrados por quien está tumbado en la camilla, procesados y utilizados para sacar conclusiones propias que, generalmente, carecen de fundamento científico.
El radiólogo había salido a presentarse mientras yo estaba en la sala de espera: un tipo con voz calma, gesto poco expresivo, y muy, muy cercano. Echada ya en la camilla se acercó a mí, puso su mano en mi cadera, y formuló un "¿cómo estás?" que no percibí como retórico. Esa mano, cálida, firme y tierna a la vez, era la mano de un médico, un sanador. Una persona que se hacía cargo del momento por el que estaba pasando y que me transmitía un mensaje mudo: sea cual sea el resultado de la prueba de hoy, vamos a cuidar de ti, te vamos a acompañar en cada paso del camino.
La biopsia tardó cuatro largos días. Cuando finalmente los resultados confirmaron las sospechas del radiólogo, y mis peores temores, quise correr a casa, esconderme bajo el edredón y esperar despertarme de un horrible sueño. Pero solo pude permanecer inmóvil, como si eso pudiera detener el tiempo a mi alrededor y dentro de mi cuerpo.
Los días siguientes están algo borrosos. Recuerdo lágrimas, impotencia, maldiciones y, finalmente, la revelación. Esto es real, esto es real, está aquí, dentro de mí, cerca de mi corazón, justo donde Jimena se queda dormida cuando se despierta en mitad de la noche. No puedo echar a correr, no hay adónde ir. Solo puedo mirarme todos los días en el espejo, tocarme, comprobar que sigue ahí, y decirme en susurros que esto es pasajero, que será muy duro, pero que voy a lograrlo. No hay otra opción.
No, el rosa nunca fue mi color, a mí siempre me gustó el naranja. Pero ha invadido mi vida, y se ha convertido en mi causa. Hoy, muchas mujeres caminaron por su vida, por la de familiares o amigos. E incluso hubo gente que caminó por la vida de personas desconocidas. Yo no estuve allí por la sencilla razón de que aun no puedo identificarme como parte de esa causa, creo que aun no me he enfrentado a esa parte del proceso. Pero muy pronto vestiré mi mente de rosa, y caminaré por mi vida y por la de las mujeres que, como yo ahora, no pueden hacerlo porque aun no están preparadas, y por la de todas aquellas que, desafortunadamente, están por venir.
No, el rosa nunca fue mi color. Pero lo va a ser dentro de muy poco, así que voy a empezar a buscar un nuevo fondo de armario.
viernes, 10 de diciembre de 2010
Cuando estalla la burbuja
La mia estalló en millones de nanopartículas que aun estoy recogiendo del suelo. Las encuentro por todos lados: en los cordones de los zapatos, en los puños de mi chaqueta, hasta en el pañal de Jimena. Las guardo con cuidado en una bolsa de seda de color verde, para volver a construir, en un futuro que espero no muy lejano, mi paraíso, esa perfección que acaba de ser saqueada por el peor de los intrusos.
No solo necesito saber que esto es posible para afrontar lo que me aguarda a la vuelta del 2011, es que tengo la certeza de que es inevitable. Mi burbuja era muy, muy brillante, con miles de colores iridiscentes. Recuperarla se ha convertido en mi objetivo prioritario, y si para eso tengo que perder el pelo y medio pecho, tendré que comprarme un sombrero y un sujetador con relleno.
Esto acaba de empezar. Y estoy preparada.
No solo necesito saber que esto es posible para afrontar lo que me aguarda a la vuelta del 2011, es que tengo la certeza de que es inevitable. Mi burbuja era muy, muy brillante, con miles de colores iridiscentes. Recuperarla se ha convertido en mi objetivo prioritario, y si para eso tengo que perder el pelo y medio pecho, tendré que comprarme un sombrero y un sujetador con relleno.
Esto acaba de empezar. Y estoy preparada.
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