martes, 25 de enero de 2011

El zarpazo

Tiene gracia que todos los medicamentos que te dan para complementar la quimioterapia tengan un efecto secundario común: la náusea. Claro, entre la náusea de la quimio, la náusea de la pastilla verde y la náusea de la inyección azul a ver quién es la paloma supermana que aguanta. Y hasta ahí puedo leer.

Es curioso lo despacio que pasan los días, los números en realidad. El siete no parece convertirse en seis, aunque es posible que mi deseo de que no llegue ese próximo día haya ralentizado el movimiento del cosmos. Deseos contrapuestos. Ojalá hubiera una anestesia general para esto. Todo de golpe. Zas.
Porque tras cuatro días sin apenas acariciar a mi hija llega el zarpazo. Las lágrimas encuentran el hombro añorado y aflora el enfado, la impotencia, las preguntas no formuladas. Y fue mejor que vomitar, mucho mejor.
El domingo me salté la dieta, un par de veces. Huevos fritos con chorizo, pizza para cenar... uno o dos dulces de chocolate... No me olvidé de la fruta, claro. No tengo remordimientos, me lo pedía el estómago y ahora mismo solo le doy cuentas a él.
Cuatro días, eso es lo que he tardado en volver a la normalidad. Dice Nasser que ojalá esos sean los tan temido efectos secundarios de la quimioterapia. Y para acostumbrarnos a lo que viene, me he cortado el pelo. Cortesía de Nasser Peluqueros. Toda una obra de arte, por cierto.

Tengo 33 años. Y he tenido un cáncer. Joder.

jueves, 20 de enero de 2011

Cáncer no es mi signo zodiacal

Siempre me han gustado los diccionarios y las enciclopedias. En casa de mis padres hay una Larousse, presidiendo el mueble de los libros de consultas y curiosidades. Hace ya algunos años, cuando aún vivíamos todos juntos, la enciclopedia pasaba a ser un tertuliano más. 
Siete comensales, con edades comprendidas entre educación primaria y algún curso no definido de Arquitectura Técnica, y los papás, los dos profesores y muy sabios. Yo solía contar alguna cosa que había aprendido en la clase de Geología de Antonio Hernández, Diana rebuznaba por alguna asignatura de las suyas y el Nano nos amenazaba con hacer un nuevo experimento que se le había ocurrido tras descubrir la electricidad en Conocimiento del Medio. Había algunos días en los que la tertulia se extendía y empezaban las dudas. "¡Larousse lo sabe!" Y salía el primer tomo de la sobremesa, generalmente seguido por cuatro o cinco más y Pablo diciendo su típico "Yo lo sabía, pero no encontraba las palabras...". Mi madre y María muertas de risa y Miguel llevándole la contraria a la enciclopedia. Días gloriosos.
Ahora no tengo Larousse (¡pero tengo un María Moliner!). No me la hubiera podido llevar porque, primero no es mía, y segundo, es parte de la casa. Así que ahora cuando estoy ávida de información tengo que recurrir a Wikipedia. Lo sé, un atajo con muy poco estilo, pero de momento es lo que hay. 


Dice Wikipedia en su definición de Cáncer (desambiguación, claro), que "En astrologíaCáncer es el cuarto signo zodiacal, perteneciente al elemento agua. Se trata de un signo cardinal femenino, el segundo después de Aries. Su símbolo es un cangrejo. Es opuesto a Capricornio, y está regido por la Luna." Lo que me deja tal cual estaba al principio, o con alguna duda más, porque... ¿quiere eso decir que solo las mujeres pueden ser cáncer? ¿Y qué demonios quiere decir signo cardinal? Allá voy, y descubro que los signos, según las posiciones de las constelaciones, pueden ser cardinales, fijos o mutables. Cáncer, como signo cardinal que es, es muy explosivo a la par que impulsivo. Por otro lado Tauro, (yo) es un signo fijo, caracterizado por su tozudez, fuerza de voluntad (sí, ya) y perseverancia (¿eins?). 
Y digo yo. ¿No será que se equivocaron de diagnóstico, y en realidad lo que pasa es que Cáncer es mi signo zodiacal?




PD: Dice el marcador que hay muchas visitas en este blog. ¿No se animan a decir algo? 

miércoles, 19 de enero de 2011

De la experimentación animal y otras perrerías

El suero, de color rojo, que cuelga sobre mi cabeza está recubierto con papel de aluminio. Deduzco inmediatamente que tiene algo que ver con agentes químicos que reaccionan con la luz, aunque realmente estoy convencida de que es para tapar una pegatina donde hay impresa una calavera y dos tibias: veneno. Veo bajar el líquido rojo y entrar en la vía que vuelve a estar en mi mano derecha y cierro los ojos. Trato de hacer un pequeño ejercicio, una conversación con mi cuerpo, en la que le pido perdón y trato de convencerle de que esto va a hacer que no nos pongamos enfermas nunca más, y le suplico que no me haga sufrir demasiado. Le digo que trate de tolerarlo, que yo sé que estamos fuertes y que podemos pasar por esto sin grandes dramas.  Ahora, dos horas después, estoy expectante, pero sin prestar mucha atención, no vaya a ser que mi mente provoque la reacción que mi cuerpo ha decidido no tener.

Me siento como una rata de laboratorio. En la última semana me han hecho un sinfín de pruebas que me recordaron la definición que hacía, en mi primer año de carrera,  el gran Miguel Ibáñez de la experimentación animal. "Es muy sencillo" decía el hombre, "se trata de coger al bicho en cuestión y hacerle perrerías para ver cómo responde". Una definición muy poco ortodoxa, pero muy gráfica. ¿Cómo respondió el animal? Unas veces indiferente, otras con algo de alivio, en un caso aislado con lágrimas desconsoladas (que te hagan una mamografía en el pecho que te acaban de operar es una perrería de las gordas). Los resultados perfectos, de modo que pudimos empezar con el tratamiento. Como dice Nasser: camino ruin pásalo pronto.

Y así están las cosas. Jimena duerme, ajena a todo lo que ocurre en el seno de su familia. Ella solo piensa en parques, toboganes y yogures. Y por supuesto, en Pocoyó. Y menos mal. Porque si me cuentan que mi niña es sensible a todo esto seguro que yo experimentaría todos los efectos secundarios descritos, y algunos nuevos.

De modo que me acuesto tal cual me levanté: expectante. Buenas noches, muchos besos y tararás.
Laura

lunes, 10 de enero de 2011

Information, information, information

Miro a mi alrededor. A mi derecha, una mujer ajada tapa su calvicie con una gorra. Sus labios parecen esconder unas encías desdentadas. Espera su turno para la quimioterapia. A mi izquierda, una mujer dormita mientras su marido lee. Va muy bien peinada, como recién salida de la peluquería. Abre los ojos y se levanta a estirar las piernas. Solo entonces percibo las cejas perfiladas y un peinado que no es tal, sino una peluca. Espera su turno para la quimioterapia.

La oncóloga es una mujer joven, tranquila, de voz muy suave. Me tranquiliza. Me cuenta cuál es el color de mi futuro más próximo: cuatro meses de quimioterapia y cinco años de hormonoterapia (en pastillas). Me dice que los resultados son buenos, todos los receptores que queremos que estén, están, y los que queremos evitar, no están. El ganglio, definitivamente negativo. Empezamos la semana que viene.

El tipo de la radioterapia tiene algo así como salero andaluz. Habla de que a él siempre le dejan para el final. Después de la quimio, cuatro semanas de radio. Desgraciadamente esto no va a darme superpoderes. Y yo que soñaba con ser espaiderguoman, cachis. Me mira y asiente satisfecho. Todo en orden: cicatrización correcta, el otro pecho y las axilas limpias.

De modo que de esto se trataba. Me auguran cansancio, nauseas, alopecia y algunas otras cosas de las que no me acuerdo. Cuatro meses. Cuatro meses es mejor que seis, e infinitamente mejor que ocho, que fue lo que calcularon al principio.
Lo más importante: no pensar en las estadísticas. Esta soy yo, no un punto en unas coordenadas cartesianas.

Releo lo que acabo de escribir y descubro un tono gris, derrotado. En absoluto. Hoy ha sido un día emocionalmente largo. Inevitablemente he tenido que contar la misma historia unas cuantas veces. Mis padres, Nasser, Belén, algún que otro amigo...(contra, ¿y Diana?). No quería acostarme sin hacerles llegar algo de información. Quédense con esto: estoy con el ánimo alto, nada de derrotismos, nada de falsas esperanzas. Vamos a por el siguiente paso.

Un beso a todos

Laura

De mensajes, preguntas y reglas ortográficas

El teléfono echa humo esta mañana. Mensajes de cariño (Idaira, como otras veces, la más tempranera) que me recuerdan que en realidad no tenemos tan mala memoria, y que aunque no nos veamos, hay un montón de cabezas mandando fuerza y energía positiva para mi día de hoy.

A unas pocas horas de la cita con la oncóloga, estoy en casa de mis padres. La peque duerme y yo hago esa lista de preguntas, que me llevaré en el bolsillo (yo, como siempre, con mi glamour particular) para no dejar nada en el aire. Sé que algunas de ellas van a quedar sin respuesta, pero peor es quedarse con la pregunta en la punta de la lengua.

Esta noche buscaré un ratito para contarles cómo fue todo.
Muchas gracias por acordarse de que hoy es un día importante. Besos, abrazos y tararás.

Laura

PD: según la nueva revisión ortográfica de la RAE, glamour es glamur. Por una vez, y sin que sirva de precedente, no les hago caso. Glamour tiene mucho más glamour.

jueves, 6 de enero de 2011

Un mal día lo tiene cualquiera

Una amiga de mi hermana que sabe mucho de estas cosas, y no por casualidad, me habló de la importancia de detectar mis necesidades. Con un entorno familiar tan potente como el mío a veces se puede llegar a anteponer la tranquilidad y bienestar de los demás frente a la propia. No es mi caso, pero sus palabras me pusieron sobre aviso. "A veces una hace demasiado para que los demás no se preocupen, cuando en realidad lo que necesita es llorar y maldecir. No tengas miedo de tener un mal día".

Ayer fue un mal día. Lo bueno fue que lo detecté antes de que empezara, así que pude organizar el día. Una noche en vela es más que un síntoma para mí, que he dormido a pierna suelta (cuando la peque me  deja) desde mi diagnóstico. Palabras en mi cabeza daban vueltas mientras Jimena hablaba en sueños. Infiltrante, remisión completa, buen pronóstico, mal pronóstico... Así que por la mañana lo pequeño se fue con la abuela, lo grande a hacer de rey mago y yo me quedé tras la puerta, bajo el edredón, respirando. Dentro, fuera, dentro, fuera, tratando de hacer una instantánea de mi miedo, una imagen que poner en la puerta de la nevera para mirar de frente y decirle: Te veo; voy a por ti. 
Ahora que estoy a punto de visitar por primera vez la planta de oncología no es fácil diseccionar mi mente y ponerle un nombre a esto que siento, pero sí sé que no tiene nada que ver con el tratamiento. No me da miedo perder el pelo, no me dan miedo las náuseas... Me da miedo estar enferma. Me da miedo que mi hija tenga el recuerdo de una madre enferma: "Eso nunca lo hicimos, porque mi madre siempre estuvo enferma". Identificado. Ahora divide y vencerás. Proceso mental. 

Una de las cosas que más me ayudó a no caer en el pesimismo fue aquello de las pequeñas metas. Pequeñas fases. Funcionó de verdad. Si visualizo el proceso completo, fin del tratamiento, vuelta al trabajo, cunde el pánico. Pero creo que en este punto es inevitable ceder a la debilidad, aunque solo sea por un día, y sentir pavor. Maldecir mi mala suerte, llorar a moco tendido, dormir. 
Y entonces sentí pavor por sentir pavor. ¿Y si no era un día? ¿Y si había sucumbido a la desesperación? Una conversación con la amiga de mi hermana me tranquilizó: "Yo creo que es normal; te enfrentas a una situación complicada, pero si ves que se prolonga hay técnicas para combatir la ansiedad". Bien, es normal. Está permitido, aunque solo sea por un día. 

Así que anoche, mientras hacía de rey mago, tuve una conversación con mi cerebro. Le di las gracias por hacerme saber que puedo tener mis días y le pregunté si íbamos a tardar mucho en volver a ser nosotras, esas que se miran el pecho izquierdo y piensan "ya no está", esas que no piensan en la quimioterapia, sino en la primera cita con el oncólogo, esas que cuando piensan en el futuro de Jimena no ven secuelas emocionales. Tardó un rato responderme. Unas diez horas que dormí del tirón. 

Hoy fue un día perfecto. Sé que habrá días malos, pero ya no les tengo miedo, porque sé que no son estados imperturbables. Son, simplemente, malos días. Y todos, con cáncer o no, tenemos un mal día de vez en cuando.