jueves, 28 de abril de 2011

Secando los huesos

"Ni siquiera hemos tenido tiempo de conocerte". Esas fueron las palabras de una de las enfermeras cuando se sentó a despedirse. Sus palabras hacían referencia a mi muy conocida costumbre de quedarme dormida apenas me ponían el gotero. La verdad es que las sesiones de quimioterapia me sirvieron para descansar: unas cuatro horas de sueño... Los ronquidos debieron de oírse en la sala de espera.
Cogí mis inyecciones y salí por la puerta que crucé en sentido contrario por primera vez, hace poco más de tres meses, hecha un mar de lágrimas. No es mucho tiempo, no. El suficiente para desearle al equipo de enfermeras que me cuidó durante todo ese tiempo no volver a verlas nunca (al menos no allí; tomando unos vinos, encantada). Me recomendaron un remedio casero para las venas (un poco perjudicadas) y me desearon mucha suerte. Y me fui.

En casa había ropa tendida esperando a que secara desde hacía unos seis días, pero como no paraba de llover no podía recogerla. Hoy, por fin, el sol se asomó a nuestra ladera y se llevó la humedad. Yo sigo en el patio, tomando un poco de sol, porque llevaba tendida algunos meses, los huesos calados, fríos y entumecidos. Necesito algunos día para que se evapore toda la humedad acumulada, pero el proceso ha comenzado. Pasamos una página y yo no termino de asimilar qué significa todo esto. Es como cuando terminé la carrera: tardé unos días en entender lo que acababa de ocurrir. Se acabó la quimioterapia y empiezan otras cosas que también terminan en terapia, pero son otras cosas, cosas que están después, más adelante, cosas que dejan atrás unos meses muy complicados.

Mañana Jimena se va con la abuela y yo voy a aprovechar para dormir. Hay ropa que lavar, pero como amenaza con llover voy a esperar, no vaya a ser que se quede colgada cogiendo agua y me tenga que mojar al recogerla.

viernes, 15 de abril de 2011

Mi credo personal

Creo y no creo.
No creo en Dios, para empezar. Muy a pesar de mi abuela, quien intentó con muchas triquiñuelas convencerme de que había una mano que hacía que el mundo girara, responsable de todo lo bueno de este mundo pero castigador cuando la humanidad se salía de madre. Por aquel entonces (tendría yo unos siete años) a mí no me costaba nada intentarlo, y antes de acostarme rezaba con ella un jesusitodemividaeresniñocomoyo. No consiguió, ni ella ni nadie, que hiciera la comunión, ni que fuera a misa. Yo la acompañaba a la iglesia, hasta su reservado donde rezaba sus rezos, y la esperaba por fuera, jugando en las escaleras. La única vez que estuvimos juntas dentro de una iglesia, durante un servicio, fue en su funeral. No creo en someter la voluntad humana y Dios, y la religión que nos amenaza con el fuego eterno, son un yugo para la humanidad. No creo, no señor.
Creo en la música como expresión emocional y lenguaje universal. Creo en la música como terapia y en la liberación del estrés y en dar rienda suelta a las emociones bajo el encanto de una melodía, con o sin letra. Creo que mi piano ha sido mi psicólogo a lo largo de los años, cuando era una adolescente cargada de hormonas, durante todas mi crisis existenciales, mis enfados con mis novios, con mis padres, con mi hermanos. Sentada frente a él celebré triunfos y fracasos personales. La primera mañana después de que mi vida cambiara me desquité con mi omnipresente "Nobody home". Creo.
No creo que la política y la corrupción tengan que ir de la mano. Hace poco oí de un inteligente aquello de "los políticos roban, hay que asumirlo". No me da la gana asumirlo. No creo. Creo en la democracia participativa frente a la representativa, en el consenso frente a la votación, en la educación frente a la prohibición (Cristina, ¡va por ti!). Creo.
Pero sobre todas las cosas, creo en la biología. Creo en la sabiduría de la bioquímica y la fisiología que hacen que un cuerpo funcione a la perfección y que consiguen equilibrar niveles cuando algo falla. Creo en la maravilla de la evolución y en las aplicaciones de la investigación. Creo que esto que tengo corriendo por mi cuerpo va a ser capaz de evitar que vuelva a crecer ese intruso. Creo que, a una sesión de terminar con la quimioterapia, las posibilidades de recuperar mi burbuja  aumentan segundo a segundo. Estoy convencida de que salgo fortalecida de este varapalo (como España de la crisis) y de que este tiempo que he tenido para descansar y contemplar el mundo que me rodea nos ha hecho mucho bien: a mí, a mi cerebro y a mi familia.
Creo que aun queda mucho tiempo para que esto acabe, creo que hace mucho tiempo que no tengo un mal día. Creo en mí, y eso es un gran descubrimiento.

domingo, 3 de abril de 2011

Olivia y sus padres

Olivia nació con los ojos muy abiertos. Esos ojos, un año y pico después, enamoran cuando te mira y se ríe con esa risa sin colmillos. Los padres de Olivia son gente guapa. Guapa por fuera, guapa por dentro. Este último año nos ha unido mucho porque pasamos de compartir cubatas a las cuatro de la madrugada en los bares a compartir desayunos a media mañana, horas en el parque y tardes lluviosas en casa con las niñas. Olivia nació un mes y pico antes que Jimena, y nosotros pudimos beneficiarnos de la experiencia de sus padres. Cuando una vida entera se resume en cuatro meses hay cambios radicales cada dos o tres semanas, así que saber que la fase x de llantos se acaba al quinto mes es un alivio, y la madre de Olivia era mi informadora.
Pude ver el miedo en sus caras cuando les dimos la noticia. Lo pasaron mal, como todos nuestros amigos, pero ellos, que estaban viviendo la misma etapa feliz que nosotros, se identificaron mucho más rápido con nuestra situación. Rezumaban empatía, solidaridad e impotencia por todos los poros de su piel. Y se situaron a una distancia perfecta. Esa que te deja respirar pero que te permite ver su pequeño bote salvavidas cada vez que miras por encima del hombro.
El silencio no tiene precio, las palabras tampoco. Y ayer volví a darme cuenta, entre tantos amigos, de que somos unos privilegiados por estar rodeados de esta gente, que calla a tiempo, que alza la voz en el momento preciso, que se atreve a bromear sobre cosas permitidas solo a ellos.

Hoy Olivia está un poco malita, y aunque sé que no es nada grave quisiera poder envolverla en un paño fresco y húmedo y cantarle y llevarme su fiebre. Es la única manera que se me ocurre de intentar devolver, con un gesto, todo lo que sus padres nos han regalado durante estos últimos meses.