El miedo existe por un motivo. Igual que el dolor y el olfato. Es un mecanismo de defensa que permite que salgamos ilesos de algunas situaciones en las que, de no existir, no tendríamos ninguna probabilidad de supervivencia. Corremos en sentido opuesto y nos ponemos a salvo cuando sentimos ese gusanillo en la tripa, ese algo que nos dice que estamos en el sitio equivocado en el momento más inoportuno. Y de ese modo logramos la victoria y su premio: poder contarlo.
Cuando la situación nos supera, el miedo suele hacerlo también. Nos paraliza, hace que nos zumben los oídos, perdemos el equilibrio y no somos capaces de hacer que nuestros pies respondan a la orden que enviamos mentalmente como un mantra. Gira despacio y echa a andar, gira despacio y echa a andar. Pero lo único que procesamos es el calor en las mejillas y los pulsos en las sienes. Cuando esto ocurre en la habitación de un hospital y está provocado por una paciente que nos está contando cosas que, perfectamente, nos pueden pasar a nosotros dentro de nueve años el asunto es muy jodido, porque el elemento que provoca la parálisis es endógeno, y ya podemos correr los 42 kilómetros en el maratón o las nueve yardas en el estadio: va a seguir ahí cuando paremos a coger aire.
Claro que la parálisis no es eterna, no señor. El movimiento llega. Tarde o temprano, eso no importa. Lo importante es que llegue. Y que con él llegue la energía necesaria para entender que las estadísticas son eso, números que no tienen que ver con Laura, y la serenidad necesaria para afrontar la realidad de una posible recaída. Cuando nos ponemos en marcha de nuevo lo hacemos sabiendo a qué nos enfrentamos, con la esperanza de recordar lo aprendido para futuras referencias.
Hoy María se pone en movimiento gracias a la bocanada de aire que le insufla una llamada de teléfono, y yo lloro de alegría. Y también me pongo en marcha. A poco de terminar la radioterapia, cicatrizadas las heridas del pecho y del corazón, identificados mis miedos y conociendo mis límites mucho mejor que hace nueve meses puedo volver a una normalidad que nunca volverá a ser normal, pero que es mía y puedo tocarla con las manos.
Por el camino cumplí años, ahora son 34. Gracias a Santi "Fifufá" he leído a Vargas Llosa, y la paciencia de Nasser me permite diferenciar (casi siempre) la voz de Lennon de la de McCartney. Sigue dándose cabezazos contra la pared cuando le pregunto "2001: una odisea del espacio de quién es ¿Kubrick o Ford Coppola?", pero eso es algo que creo que ya tiene asumido. Sigo con mi doctorado, eso no ha cambiado.
Ya sé que no ha habido mucha actividad en los últimos meses, pero no quería cerrar el blog sin más. Este ha sido mi espacio durante este año, mi medio de comunicación con los de lejos y algunos de los de cerca y ahora me toca moverme hacia delante y pensar y escribir sobre otras cosas. A lo mejor hay que volver a abrir este diario en un futuro, pero de momento pongo el punto y aparte. Veremos si se convierte en punto y final.
Muchas gracias por todo. Besos, abrazos y tararás.
Laura
lunes, 1 de agosto de 2011
lunes, 20 de junio de 2011
Mi rutina con y sin cáncer
He comprobado cómo va a ser el resto de mi vida. Y no tiene gracia. Cuando dije aquello de "el miedo podré controlarlo con un poco de disciplina" me refería al día a día. Claro que cuando, de repente, aparece un dolor en un hueso (zona adonde, por cierto, se suele extender el cáncer de mama) el miedo se materializa y no hay hacia dónde echar a correr. Porque una cosa es una recaída (que yo interpreto como "mismotumor-mismositio) y otra cosa es otrotumor-otrositio. Para colmo, las palabras de la oncóloga no tranquilizan: "Puedes tener dolores tontos, como todo el mundo. Lo que no me gusta es que esos dolores duren muchos días". Al final lo que pasaba era que tenía el hombro sobrecargado por Jimena, pero, joder, qué angustia.
Imaginé empezar de cero: pruebas mil, nervios mil, dolores mil, venas maltratadas... Una vez en el ajo sé que podría con ello, pero visto desde aquí, desde mi cuerpo recuperado y (supuestamente) sano... las fuerzas flaquean un poco. Claro que no es mi estado habitual, pero cuando pasa es demoledor.
Los días van pasando y la mayor parte del tiempo la paso en estado normal, como si estuviera de año sabático. Porque una vez terminado el calvario y asumida mi condición social (enferma crónica potencial) el día a día es tan llevadero como el de cualquiera que esté leyendo estas líneas. De alguna manera el cáncer ha pasado a formar parte de mi vida y ya casi ni le presto atención. Como un señor muy pesado que me siguiera a todas partes y al que no hago demasiado caso, con la esperanza de que se dé por vencido y se vaya por donde ha venido. Esto no quiere decir que esté obviando lo que me ha pasado y lo que significa, simplemente que sé que no puedo gastar toda mi energía en (¡ahora mismo estoy viendo cómo Jimena intenta quitarse un calcetín con la boca! Fracaso estrepitoso.) pensar constantemente que todo va a ir bien. Es agotador. Así que, a excepción de esos días en los que tengo un dolor tonto, anímicamente ando por el mundo libre del cáncer.
Y de ahí viene esta larga ausencia. Cada vez necesito menos sentarme a poner las cosas por escrito, porque apenas necesito la terapia que supone para mí. Supongo que cuando me llamen para la radioterapia, y esté de nuevo en modo hospital, con quemaduras, incómoda y dolorida y con las vacaciones chafadas por la maldita lista de espera volveré a usar esto más a menudo y vomitaré y compartiré esa montaña rusa.
Mientras tanto, todo en orden a este lado del mar. Calma total.
Besos y tararás
Laura
Imaginé empezar de cero: pruebas mil, nervios mil, dolores mil, venas maltratadas... Una vez en el ajo sé que podría con ello, pero visto desde aquí, desde mi cuerpo recuperado y (supuestamente) sano... las fuerzas flaquean un poco. Claro que no es mi estado habitual, pero cuando pasa es demoledor.
Los días van pasando y la mayor parte del tiempo la paso en estado normal, como si estuviera de año sabático. Porque una vez terminado el calvario y asumida mi condición social (enferma crónica potencial) el día a día es tan llevadero como el de cualquiera que esté leyendo estas líneas. De alguna manera el cáncer ha pasado a formar parte de mi vida y ya casi ni le presto atención. Como un señor muy pesado que me siguiera a todas partes y al que no hago demasiado caso, con la esperanza de que se dé por vencido y se vaya por donde ha venido. Esto no quiere decir que esté obviando lo que me ha pasado y lo que significa, simplemente que sé que no puedo gastar toda mi energía en (¡ahora mismo estoy viendo cómo Jimena intenta quitarse un calcetín con la boca! Fracaso estrepitoso.) pensar constantemente que todo va a ir bien. Es agotador. Así que, a excepción de esos días en los que tengo un dolor tonto, anímicamente ando por el mundo libre del cáncer.
Y de ahí viene esta larga ausencia. Cada vez necesito menos sentarme a poner las cosas por escrito, porque apenas necesito la terapia que supone para mí. Supongo que cuando me llamen para la radioterapia, y esté de nuevo en modo hospital, con quemaduras, incómoda y dolorida y con las vacaciones chafadas por la maldita lista de espera volveré a usar esto más a menudo y vomitaré y compartiré esa montaña rusa.
Mientras tanto, todo en orden a este lado del mar. Calma total.
Besos y tararás
Laura
martes, 24 de mayo de 2011
La insoportable normalidad del ser
No hay dolor. No hay molestias. Mientras escribo esto recorro mi cuerpo con todos mis nervios y descubro, atónita, que aquellos pinchazos tan dolorosos como angustiosos ya no están. Los efectos de la quimioterapia van desapareciendo y mi cuerpo vuelve, lentamente, a mis treinta y tres años. El pelo va creciendo y la piel vuelve a tener color. Pero con la remisión de estos efectos aparece la inseguridad. Una vez retirado el muro de contención ¿volverá a crecer el tumor? En los últimos días he tenido cáncer de pulmón (dos veces), cáncer de hígado (unas diez), un tumor cerebral mientras me duchaba esta mañana y cáncer de pecho (derecho, el otro) casi constantemente. Claro que mi cerebro, ese que no tiene tumor alguno, es capaz de controlar esta incontinencia hipocondríaca y los tumores mortales desaparecen espontáneamente del mismo modo que aparecieron.
Supongo que es un miedo natural con el que tengo que aprender a vivir, el miedo a la recaída. Habiendo oteado por el horizonte un desenlace quasi fatal creo que es normal tener pavor a volver a empezar. Pero después de todo lo que he aprendido, de cómo he llegado a conocer el funcionamiento de mis emociones, creo que esa es una situación que voy a poder controlar aplicando tan solo un mínimo de disciplina emocional.
Aun no ha pasado un mes desde la última sesión de quimioterapia, pero esa sala- con sus sueros, sus máquinas, sus agujas- parece algo muy, muy lejano a pesar de que sigo teniendo ese sabor tan característico, que huele a dolor de venas, en el velo del paladar. El resto del cuerpo, de vuelta a la normalidad. Es algo muy extraño.
Queda aun, a corto plazo, una nueva etapa: la radioterapia, programada para que dure más o menos cuatro semanas. Empezaremos pronto, en un par de días. Mientras tanto, yo sigo con mi medicina alternativa que consiste en sesiones continuas de risoterapia y mimoterapia dirigidas por Jimena y Nasser. Cada día estoy más convencida de ellos son mi verdadero muro de contención.
Besos y tararás
Supongo que es un miedo natural con el que tengo que aprender a vivir, el miedo a la recaída. Habiendo oteado por el horizonte un desenlace quasi fatal creo que es normal tener pavor a volver a empezar. Pero después de todo lo que he aprendido, de cómo he llegado a conocer el funcionamiento de mis emociones, creo que esa es una situación que voy a poder controlar aplicando tan solo un mínimo de disciplina emocional.
Aun no ha pasado un mes desde la última sesión de quimioterapia, pero esa sala- con sus sueros, sus máquinas, sus agujas- parece algo muy, muy lejano a pesar de que sigo teniendo ese sabor tan característico, que huele a dolor de venas, en el velo del paladar. El resto del cuerpo, de vuelta a la normalidad. Es algo muy extraño.
Queda aun, a corto plazo, una nueva etapa: la radioterapia, programada para que dure más o menos cuatro semanas. Empezaremos pronto, en un par de días. Mientras tanto, yo sigo con mi medicina alternativa que consiste en sesiones continuas de risoterapia y mimoterapia dirigidas por Jimena y Nasser. Cada día estoy más convencida de ellos son mi verdadero muro de contención.
Besos y tararás
jueves, 28 de abril de 2011
Secando los huesos
"Ni siquiera hemos tenido tiempo de conocerte". Esas fueron las palabras de una de las enfermeras cuando se sentó a despedirse. Sus palabras hacían referencia a mi muy conocida costumbre de quedarme dormida apenas me ponían el gotero. La verdad es que las sesiones de quimioterapia me sirvieron para descansar: unas cuatro horas de sueño... Los ronquidos debieron de oírse en la sala de espera.
Cogí mis inyecciones y salí por la puerta que crucé en sentido contrario por primera vez, hace poco más de tres meses, hecha un mar de lágrimas. No es mucho tiempo, no. El suficiente para desearle al equipo de enfermeras que me cuidó durante todo ese tiempo no volver a verlas nunca (al menos no allí; tomando unos vinos, encantada). Me recomendaron un remedio casero para las venas (un poco perjudicadas) y me desearon mucha suerte. Y me fui.
En casa había ropa tendida esperando a que secara desde hacía unos seis días, pero como no paraba de llover no podía recogerla. Hoy, por fin, el sol se asomó a nuestra ladera y se llevó la humedad. Yo sigo en el patio, tomando un poco de sol, porque llevaba tendida algunos meses, los huesos calados, fríos y entumecidos. Necesito algunos día para que se evapore toda la humedad acumulada, pero el proceso ha comenzado. Pasamos una página y yo no termino de asimilar qué significa todo esto. Es como cuando terminé la carrera: tardé unos días en entender lo que acababa de ocurrir. Se acabó la quimioterapia y empiezan otras cosas que también terminan en terapia, pero son otras cosas, cosas que están después, más adelante, cosas que dejan atrás unos meses muy complicados.
Mañana Jimena se va con la abuela y yo voy a aprovechar para dormir. Hay ropa que lavar, pero como amenaza con llover voy a esperar, no vaya a ser que se quede colgada cogiendo agua y me tenga que mojar al recogerla.
Cogí mis inyecciones y salí por la puerta que crucé en sentido contrario por primera vez, hace poco más de tres meses, hecha un mar de lágrimas. No es mucho tiempo, no. El suficiente para desearle al equipo de enfermeras que me cuidó durante todo ese tiempo no volver a verlas nunca (al menos no allí; tomando unos vinos, encantada). Me recomendaron un remedio casero para las venas (un poco perjudicadas) y me desearon mucha suerte. Y me fui.
En casa había ropa tendida esperando a que secara desde hacía unos seis días, pero como no paraba de llover no podía recogerla. Hoy, por fin, el sol se asomó a nuestra ladera y se llevó la humedad. Yo sigo en el patio, tomando un poco de sol, porque llevaba tendida algunos meses, los huesos calados, fríos y entumecidos. Necesito algunos día para que se evapore toda la humedad acumulada, pero el proceso ha comenzado. Pasamos una página y yo no termino de asimilar qué significa todo esto. Es como cuando terminé la carrera: tardé unos días en entender lo que acababa de ocurrir. Se acabó la quimioterapia y empiezan otras cosas que también terminan en terapia, pero son otras cosas, cosas que están después, más adelante, cosas que dejan atrás unos meses muy complicados.
Mañana Jimena se va con la abuela y yo voy a aprovechar para dormir. Hay ropa que lavar, pero como amenaza con llover voy a esperar, no vaya a ser que se quede colgada cogiendo agua y me tenga que mojar al recogerla.
viernes, 15 de abril de 2011
Mi credo personal
Creo y no creo.
No creo en Dios, para empezar. Muy a pesar de mi abuela, quien intentó con muchas triquiñuelas convencerme de que había una mano que hacía que el mundo girara, responsable de todo lo bueno de este mundo pero castigador cuando la humanidad se salía de madre. Por aquel entonces (tendría yo unos siete años) a mí no me costaba nada intentarlo, y antes de acostarme rezaba con ella un jesusitodemividaeresniñocomoyo. No consiguió, ni ella ni nadie, que hiciera la comunión, ni que fuera a misa. Yo la acompañaba a la iglesia, hasta su reservado donde rezaba sus rezos, y la esperaba por fuera, jugando en las escaleras. La única vez que estuvimos juntas dentro de una iglesia, durante un servicio, fue en su funeral. No creo en someter la voluntad humana y Dios, y la religión que nos amenaza con el fuego eterno, son un yugo para la humanidad. No creo, no señor.
Creo en la música como expresión emocional y lenguaje universal. Creo en la música como terapia y en la liberación del estrés y en dar rienda suelta a las emociones bajo el encanto de una melodía, con o sin letra. Creo que mi piano ha sido mi psicólogo a lo largo de los años, cuando era una adolescente cargada de hormonas, durante todas mi crisis existenciales, mis enfados con mis novios, con mis padres, con mi hermanos. Sentada frente a él celebré triunfos y fracasos personales. La primera mañana después de que mi vida cambiara me desquité con mi omnipresente "Nobody home". Creo.
No creo que la política y la corrupción tengan que ir de la mano. Hace poco oí de un inteligente aquello de "los políticos roban, hay que asumirlo". No me da la gana asumirlo. No creo. Creo en la democracia participativa frente a la representativa, en el consenso frente a la votación, en la educación frente a la prohibición (Cristina, ¡va por ti!). Creo.
Pero sobre todas las cosas, creo en la biología. Creo en la sabiduría de la bioquímica y la fisiología que hacen que un cuerpo funcione a la perfección y que consiguen equilibrar niveles cuando algo falla. Creo en la maravilla de la evolución y en las aplicaciones de la investigación. Creo que esto que tengo corriendo por mi cuerpo va a ser capaz de evitar que vuelva a crecer ese intruso. Creo que, a una sesión de terminar con la quimioterapia, las posibilidades de recuperar mi burbuja aumentan segundo a segundo. Estoy convencida de que salgo fortalecida de este varapalo (como España de la crisis) y de que este tiempo que he tenido para descansar y contemplar el mundo que me rodea nos ha hecho mucho bien: a mí, a mi cerebro y a mi familia.
Creo que aun queda mucho tiempo para que esto acabe, creo que hace mucho tiempo que no tengo un mal día. Creo en mí, y eso es un gran descubrimiento.
No creo en Dios, para empezar. Muy a pesar de mi abuela, quien intentó con muchas triquiñuelas convencerme de que había una mano que hacía que el mundo girara, responsable de todo lo bueno de este mundo pero castigador cuando la humanidad se salía de madre. Por aquel entonces (tendría yo unos siete años) a mí no me costaba nada intentarlo, y antes de acostarme rezaba con ella un jesusitodemividaeresniñocomoyo. No consiguió, ni ella ni nadie, que hiciera la comunión, ni que fuera a misa. Yo la acompañaba a la iglesia, hasta su reservado donde rezaba sus rezos, y la esperaba por fuera, jugando en las escaleras. La única vez que estuvimos juntas dentro de una iglesia, durante un servicio, fue en su funeral. No creo en someter la voluntad humana y Dios, y la religión que nos amenaza con el fuego eterno, son un yugo para la humanidad. No creo, no señor.
Creo en la música como expresión emocional y lenguaje universal. Creo en la música como terapia y en la liberación del estrés y en dar rienda suelta a las emociones bajo el encanto de una melodía, con o sin letra. Creo que mi piano ha sido mi psicólogo a lo largo de los años, cuando era una adolescente cargada de hormonas, durante todas mi crisis existenciales, mis enfados con mis novios, con mis padres, con mi hermanos. Sentada frente a él celebré triunfos y fracasos personales. La primera mañana después de que mi vida cambiara me desquité con mi omnipresente "Nobody home". Creo.
No creo que la política y la corrupción tengan que ir de la mano. Hace poco oí de un inteligente aquello de "los políticos roban, hay que asumirlo". No me da la gana asumirlo. No creo. Creo en la democracia participativa frente a la representativa, en el consenso frente a la votación, en la educación frente a la prohibición (Cristina, ¡va por ti!). Creo.
Pero sobre todas las cosas, creo en la biología. Creo en la sabiduría de la bioquímica y la fisiología que hacen que un cuerpo funcione a la perfección y que consiguen equilibrar niveles cuando algo falla. Creo en la maravilla de la evolución y en las aplicaciones de la investigación. Creo que esto que tengo corriendo por mi cuerpo va a ser capaz de evitar que vuelva a crecer ese intruso. Creo que, a una sesión de terminar con la quimioterapia, las posibilidades de recuperar mi burbuja aumentan segundo a segundo. Estoy convencida de que salgo fortalecida de este varapalo (como España de la crisis) y de que este tiempo que he tenido para descansar y contemplar el mundo que me rodea nos ha hecho mucho bien: a mí, a mi cerebro y a mi familia.
Creo que aun queda mucho tiempo para que esto acabe, creo que hace mucho tiempo que no tengo un mal día. Creo en mí, y eso es un gran descubrimiento.
domingo, 3 de abril de 2011
Olivia y sus padres
Olivia nació con los ojos muy abiertos. Esos ojos, un año y pico después, enamoran cuando te mira y se ríe con esa risa sin colmillos. Los padres de Olivia son gente guapa. Guapa por fuera, guapa por dentro. Este último año nos ha unido mucho porque pasamos de compartir cubatas a las cuatro de la madrugada en los bares a compartir desayunos a media mañana, horas en el parque y tardes lluviosas en casa con las niñas. Olivia nació un mes y pico antes que Jimena, y nosotros pudimos beneficiarnos de la experiencia de sus padres. Cuando una vida entera se resume en cuatro meses hay cambios radicales cada dos o tres semanas, así que saber que la fase x de llantos se acaba al quinto mes es un alivio, y la madre de Olivia era mi informadora.
Pude ver el miedo en sus caras cuando les dimos la noticia. Lo pasaron mal, como todos nuestros amigos, pero ellos, que estaban viviendo la misma etapa feliz que nosotros, se identificaron mucho más rápido con nuestra situación. Rezumaban empatía, solidaridad e impotencia por todos los poros de su piel. Y se situaron a una distancia perfecta. Esa que te deja respirar pero que te permite ver su pequeño bote salvavidas cada vez que miras por encima del hombro.
El silencio no tiene precio, las palabras tampoco. Y ayer volví a darme cuenta, entre tantos amigos, de que somos unos privilegiados por estar rodeados de esta gente, que calla a tiempo, que alza la voz en el momento preciso, que se atreve a bromear sobre cosas permitidas solo a ellos.
Hoy Olivia está un poco malita, y aunque sé que no es nada grave quisiera poder envolverla en un paño fresco y húmedo y cantarle y llevarme su fiebre. Es la única manera que se me ocurre de intentar devolver, con un gesto, todo lo que sus padres nos han regalado durante estos últimos meses.
Pude ver el miedo en sus caras cuando les dimos la noticia. Lo pasaron mal, como todos nuestros amigos, pero ellos, que estaban viviendo la misma etapa feliz que nosotros, se identificaron mucho más rápido con nuestra situación. Rezumaban empatía, solidaridad e impotencia por todos los poros de su piel. Y se situaron a una distancia perfecta. Esa que te deja respirar pero que te permite ver su pequeño bote salvavidas cada vez que miras por encima del hombro.
El silencio no tiene precio, las palabras tampoco. Y ayer volví a darme cuenta, entre tantos amigos, de que somos unos privilegiados por estar rodeados de esta gente, que calla a tiempo, que alza la voz en el momento preciso, que se atreve a bromear sobre cosas permitidas solo a ellos.
Hoy Olivia está un poco malita, y aunque sé que no es nada grave quisiera poder envolverla en un paño fresco y húmedo y cantarle y llevarme su fiebre. Es la única manera que se me ocurre de intentar devolver, con un gesto, todo lo que sus padres nos han regalado durante estos últimos meses.
miércoles, 23 de marzo de 2011
Tres palabras
Hoy hace cuatro meses y un día que una voz me dijo por teléfono que tenía cáncer de mama. El tiempo parece haberse ralentizado. Ha habido tanta información desde entonces, tantas consultas, tantas horas de hospital, tantos días buenos y tantos malos que no parece posible que tanto de tanto pueda caber en solo cuatro meses. Las náuseas han dado paso a algunos dolores perfectamente soportables y en nuestro mundo, cuando cerramos la puerta y todo está en silencio, nos hemos acostumbrado a una rutina de inyecciones y a la ausencia de un pelo que antes poblaba mi cabeza y, por qué no decirlo, obstruía el desagüe de la ducha. Ahora me pelo de frío en esta Laguna, pero las tuberías de mi casa ya no están atascadas.
Fuera, en el universo donde hay otra gente que importa además de yo, yo, yo, parece haberse formado el caldo de cultivo perfecto para crear un ambiente de... consciencia. Hubo algo de psicosis después de que diéramos la noticia, pero ahora estamos todos un poco más tranquilos. Mis amigas, en especial las madres, se palpan y se observan más a menudo para comprobar que ese bulto que había ya no está, que ahora es otro, que termina por desaparecer también. En algunos casos no desaparecen, y entonces suena el teléfono y oigo una voz angustiada, que me cuenta diagnósticos indeterminados en los que aparece la temida palabra. Vaya para esos casos mi apoyo incondicional y mi quasi convicción de que todo quedará en un susto. Y si llegan las peores noticias entonces maldeciremos juntas, y después te contaré que hay mucha vida después de este golpe.
Hay un eslogan de la Asociación Española Contra el Cáncer que me encanta. Me despido con él:
Te voy a decir cuánto te quiero en tres palabras. Hazte una mamografía.
Buenas noches y besos a millones.
Fuera, en el universo donde hay otra gente que importa además de yo, yo, yo, parece haberse formado el caldo de cultivo perfecto para crear un ambiente de... consciencia. Hubo algo de psicosis después de que diéramos la noticia, pero ahora estamos todos un poco más tranquilos. Mis amigas, en especial las madres, se palpan y se observan más a menudo para comprobar que ese bulto que había ya no está, que ahora es otro, que termina por desaparecer también. En algunos casos no desaparecen, y entonces suena el teléfono y oigo una voz angustiada, que me cuenta diagnósticos indeterminados en los que aparece la temida palabra. Vaya para esos casos mi apoyo incondicional y mi quasi convicción de que todo quedará en un susto. Y si llegan las peores noticias entonces maldeciremos juntas, y después te contaré que hay mucha vida después de este golpe.
Hay un eslogan de la Asociación Española Contra el Cáncer que me encanta. Me despido con él:
Te voy a decir cuánto te quiero en tres palabras. Hazte una mamografía.
Buenas noches y besos a millones.
jueves, 17 de marzo de 2011
Echando días p'atrás
¡Aquí estoy de nuevo! Disculpen el silencio, ha sido una mezcla de todo.
La última tanda, que ya no es la última porque ayer hubo otra, fue un poco complicada. Tardé una semana en reponerme del todo, y una vez recuperada me dediqué a a olvidarme un poco de todo y a disfrutar de Jimena y de Nasser. Aquella fue el ecuador, la mitad del tratamiento. Fue una sensación algo extraña, porque a pesar de saber que ya quedaba solo la mitad la certeza de que me quedaba exactamente lo mismo que por lo que acababa de pasar era un poco desalentador. Era como si la mitad fuera igual al todo.
Ahora sí veo una pequeña luz al final del túnel. Solo quedan tres sesiones y de un tratamiento distinto, que de momento parece que no está haciendo estragos en mi estómago, lo cual se agradece mucho. Me dijo la oncóloga que tendré algunos dolores de cuerpo, como de una gripe... Bienvenidos sean, con tal de que no haya náusea, que es un coñazo y nunca supe si mi cuerpo me pedía una manzanilla o un ron con coca-cola.
Y entre todo esto me pego a la tele y me compro el periódico para ver cómo van las cosas por Japón. Descorazonador en realidad. Mi situación parece un juego de niños comparado con lo que es muy posible que vayan a sufrir miles de personas dentro de relativamente poco tiempo (y con lo que están pasando ahora) lo cual me ayuda a poner, de nuevo, las cosas en perspectiva. Siempre decimos que los males propios son lo peores, lo que a uno le pasa es realmente lo más importante, pero yo estoy en mi casa, con mi estufa, mi cocina y mis botellas de agua. Mi hija y el resto de mi familia están a salvo y lo que está pasando por allí, y lo que muy posiblemente pase en breve, me rompe el alma.
Así que, poco a poco, los días van pasando. Entre desgracias propias y ajenas Jimena por fin se ha echado a andar y cuando estoy en la cama, descansando, el ruido de sus pasitos dibuja una sonrisa en mi cara.
Tres sesiones más y pasamos de fase. Vamos, vamos, vamos.
Besos y tararás
lunes, 28 de febrero de 2011
La necesidad del luto
El cáncer volvió a ser noticia después de que Esperanza Aguirre informara de la existencia de un bulto "que hay operar". Yo, que siempre le he tenido bastante tirria a esta señora, descubro que lo que escribí en la entrada "Prefiero que sea mi día" es cierto: a Aguirre le tiembla la voz, y yo pienso "qué putada, compañera". Hago un poco el tonto con las noticias y concluyo que si supiera que Gadafi padre e hijo tienen sendos cánceres de próstata inminentemente terminales, se dibujaría una pequeña sonrisa en alguna parte de mi mente, así que empiezo una lista de excepciones con personajes que, en caso de pasar por lo que estoy pasando yo, no me darían ninguna pena. Encabezan el ranquin dictadores lunáticos ególatras que atacan a sus paisanos (y a los de los demás). Como Esperanza Aguirre aun no ha sacado los carros de combate para aplastar a los madrileños no se merece un puesto en esta lista. Ni de lejos.
A la presidenta le quitaron el tumor, dos días en observación y a casa. Dicen las noticias que salió del postoperatorio dando órdenes, y supongo que se habrá incorporado al trabajo, independientemente del lugar desde donde lo lleve a cabo. El cáncer, que viene siempre acompañado de momentos de desesperación y miedo, ofrece una oportunidad única para parar en seco, mirar hacia fuera y hacia dentro, y prestar la atención necesaria a las pequeñas cosas que descuidamos mientras intentamos construir una vida plena. Yo, que tengo un trabajo casi insignificante (pero que me encanta), puedo hacer esto a coste cero para mis ansias de éxito en el mundo laboral. Personas de la talla de Aguirre, Adán Martín- que murió tras años de lucha con un tumor cerebral- y tantos otros que hacen de su trabajo su vida tienen bastante más que perder a la hora de plantearse bajar el ritmo.
Lo bueno de que te pasen estas cosas siendo un personaje con responsabilidades que afectan a la ciudadanía es que te atienden por la vía rápida; nadie se imagina a un auxiliar de un hospital de Washington escribiendo "Barack Obama" en una lista de espera. Lo malo es que, al ocurrir todo tan rápido, desaparece la oportunidad que tienes para darte cuenta de lo que realmente está ocurriendo. Mi espera se alargó tanto como un mes. Durante ese tiempo pasé por todas las fases que se describen en las series de médicos (eran cinco, ¿no? Negación, enfado, etc, etc, y, finalmente, aceptación) y para cuando ingresé en el hospital tenía la lección más que aprendida: pequeñas metas, pequeños pasos, noteolvidesdequetienescáncer. La baja laboral y algo de tiempo para mí son esenciales para no perder el norte y seguir a este ritmo que me he marcado: marcha larga, revoluciones al mínimo y a noventa por la autopista. Porque sí es cierto que el cáncer es una enfermedad como otra cualquiera, pero también lo es que el impacto que tienen esas seis putas letras en nuestras entrañas puede ser fatal y minar el ánimo poco a poco, en silencio, hasta que de repente un día te das cuenta de que has asumido que todo está perdido. Ese es un precio que yo no estoy dispuesta a pagar, así que, de vez en vez, me visto de negro por mi pecho izquierdo y lloro la pérdida de ese trocito, que era pequeño, pero era mío, y mimo un poco al otro pecho, y lo examino con cuidado. Y amanezco fresca y sin ojeras, y feliz de saber estar de luto sin sentir que todo está perdido.
A la presidenta le quitaron el tumor, dos días en observación y a casa. Dicen las noticias que salió del postoperatorio dando órdenes, y supongo que se habrá incorporado al trabajo, independientemente del lugar desde donde lo lleve a cabo. El cáncer, que viene siempre acompañado de momentos de desesperación y miedo, ofrece una oportunidad única para parar en seco, mirar hacia fuera y hacia dentro, y prestar la atención necesaria a las pequeñas cosas que descuidamos mientras intentamos construir una vida plena. Yo, que tengo un trabajo casi insignificante (pero que me encanta), puedo hacer esto a coste cero para mis ansias de éxito en el mundo laboral. Personas de la talla de Aguirre, Adán Martín- que murió tras años de lucha con un tumor cerebral- y tantos otros que hacen de su trabajo su vida tienen bastante más que perder a la hora de plantearse bajar el ritmo.
Lo bueno de que te pasen estas cosas siendo un personaje con responsabilidades que afectan a la ciudadanía es que te atienden por la vía rápida; nadie se imagina a un auxiliar de un hospital de Washington escribiendo "Barack Obama" en una lista de espera. Lo malo es que, al ocurrir todo tan rápido, desaparece la oportunidad que tienes para darte cuenta de lo que realmente está ocurriendo. Mi espera se alargó tanto como un mes. Durante ese tiempo pasé por todas las fases que se describen en las series de médicos (eran cinco, ¿no? Negación, enfado, etc, etc, y, finalmente, aceptación) y para cuando ingresé en el hospital tenía la lección más que aprendida: pequeñas metas, pequeños pasos, noteolvidesdequetienescáncer. La baja laboral y algo de tiempo para mí son esenciales para no perder el norte y seguir a este ritmo que me he marcado: marcha larga, revoluciones al mínimo y a noventa por la autopista. Porque sí es cierto que el cáncer es una enfermedad como otra cualquiera, pero también lo es que el impacto que tienen esas seis putas letras en nuestras entrañas puede ser fatal y minar el ánimo poco a poco, en silencio, hasta que de repente un día te das cuenta de que has asumido que todo está perdido. Ese es un precio que yo no estoy dispuesta a pagar, así que, de vez en vez, me visto de negro por mi pecho izquierdo y lloro la pérdida de ese trocito, que era pequeño, pero era mío, y mimo un poco al otro pecho, y lo examino con cuidado. Y amanezco fresca y sin ojeras, y feliz de saber estar de luto sin sentir que todo está perdido.
domingo, 20 de febrero de 2011
Sucumbirás a la ira
Odio este blog. Todo sobre él me da náuseas. Su degradado naranja, su fuente Courier, su subtítulo. Odio escribir en él. Solo que probablemente el odio no es al blog como ente, sino a los acontecimientos que derivaron en la necesidad de su existencia.
La gente me dice que tengo buen aspecto, que lo estoy llevando bien, que el no dejar que mi ánimo sucumba es una buena señal...que así se ganan las batallas. Hoy, por primera vez alguien me dijo "Te toca joderte". Creo que sus palabras no fueron esas exactamente, creo que dijo algo así como "Te toca estar convaleciente y te tienes que joder". Y me sentó bien, a decir verdad. Antes de que salgan corriendo de sus casas a hacer cola en mi puerta para decirme que me joda déjenme intentar dar forma a lo que tengo en la cabeza.
Todas esas personas que me preguntan, que me hablan de mi fuerza y mi estado mental, lo hacen desde el corazón, lo sé. Desean, casi tanto como yo que todo esto se acabe cuanto antes y que la palabra cáncer no forme parte de nuestra familia nunca más. No son falsos ánimos, no es paternalismo. Son sentimientos reales, deseos reales y sinceros. Pero por una vez alguien me dijo, sin preguntar, lo que yo estaba pensando. Me toca joderme. No hay más.
Día cuatro después de la quimioterapia (no pienso llamarla nunca más quimio: es un diminutivo demasiado cariñoso) y la tripa sigue patas arriba, así que estoy enfadada. Por todo. Por no haber estudiado veterinaria, porque hay un tipo que se dedica a traducir libros que debería traducir yo, por no haberme ido a vivir a un pueblo perdido de Alaska cuando tuve la oportunidad. Pero sobre todo estoy enfadada porque Jimena tiene fiebre y un padre más un cuarto de una madre para cuidar de ella. Eso enfadaría a cualquiera.
La gente me dice que tengo buen aspecto, que lo estoy llevando bien, que el no dejar que mi ánimo sucumba es una buena señal...que así se ganan las batallas. Hoy, por primera vez alguien me dijo "Te toca joderte". Creo que sus palabras no fueron esas exactamente, creo que dijo algo así como "Te toca estar convaleciente y te tienes que joder". Y me sentó bien, a decir verdad. Antes de que salgan corriendo de sus casas a hacer cola en mi puerta para decirme que me joda déjenme intentar dar forma a lo que tengo en la cabeza.
Todas esas personas que me preguntan, que me hablan de mi fuerza y mi estado mental, lo hacen desde el corazón, lo sé. Desean, casi tanto como yo que todo esto se acabe cuanto antes y que la palabra cáncer no forme parte de nuestra familia nunca más. No son falsos ánimos, no es paternalismo. Son sentimientos reales, deseos reales y sinceros. Pero por una vez alguien me dijo, sin preguntar, lo que yo estaba pensando. Me toca joderme. No hay más.
Día cuatro después de la quimioterapia (no pienso llamarla nunca más quimio: es un diminutivo demasiado cariñoso) y la tripa sigue patas arriba, así que estoy enfadada. Por todo. Por no haber estudiado veterinaria, porque hay un tipo que se dedica a traducir libros que debería traducir yo, por no haberme ido a vivir a un pueblo perdido de Alaska cuando tuve la oportunidad. Pero sobre todo estoy enfadada porque Jimena tiene fiebre y un padre más un cuarto de una madre para cuidar de ella. Eso enfadaría a cualquiera.
miércoles, 16 de febrero de 2011
Sobre dioses y enjuagues bucales
Cuando nació Jimena, Diana me dijo que disfrutara de los meses de baja, que pasaban volando. No sé por qué, pero a mí me pasó lo contrario. Los días pasaban justo al ritmo que yo quería, incluso más despacio. Cuando la niña hizo tres meses apenas podía creerlo: hubiera jurado que eran seis. Saboreé cada mañana, cada café en la plaza del pueblo con la niña dormitando en el capazo, cada empacho de ahora tele, ahora un sueñecito en el sofá porque Jimena había decidido que esa tarde tocaba ahora teta, ahora dormir.
Ahora, cuando el tiempo parece haberse detenido gracias a una ruleta a la que nunca jugué, saboreo las cosas como lo hice entonces. Y Jimena es deliciosa.
Tengo la suerte de tener bastantes más días buenos que malos, y eso me permite disfrutar de este tiempo, ¿sabático?, con los cinco sentidos. Contar el tiempo en sesiones de quimioterapia puede ser una tortura; mañana es mañana durante mucho más de veinticuatro horas. De la misma manera, una tarde jugando con Jimena es muy muy larga. Quién podría quejarse de eso.
Hoy no hay tanta gente en la sala de espera de oncología, y la mayoría son personas mayores (todas con pelo, para mi asombro) que le cuentan a cualquiera que quiera escucharles cuán agradecidos hemos de estar, porque por lo menos estamos aquí para hablar de ello, y el Señor dirá. Me fascina la ciega devoción, la increíble sumisión a la voluntad de un todopoderoso. Si yo fuera creyente ahora mismo estaría teniendo una seria conversación con Dios, estaría pidiendo explicaciones (convincentes, por favor) de por qué, y sobre todo, con qué derecho, sin venir a cuento señaló el cuadrante superior externo de mi pecho izquierdo con su dedo índice.
Afrontamos estas situaciones como mejor podemos, porque nadie nos ha preparado para esto. Unos se aferran a su Dios, otros a su trabajo, otros al destino. Yo me aferro a esa oportunidad que tengo para saborear, despacito, la dulzura de cada momento con mi hija. Aunque a veces, por la noche, cuando me miro al espejo, noto un regusto amargo en el cielo de la boca, y me voy a la cama con la sensación de no haberme lavado los dientes.
Ahora, cuando el tiempo parece haberse detenido gracias a una ruleta a la que nunca jugué, saboreo las cosas como lo hice entonces. Y Jimena es deliciosa.
Tengo la suerte de tener bastantes más días buenos que malos, y eso me permite disfrutar de este tiempo, ¿sabático?, con los cinco sentidos. Contar el tiempo en sesiones de quimioterapia puede ser una tortura; mañana es mañana durante mucho más de veinticuatro horas. De la misma manera, una tarde jugando con Jimena es muy muy larga. Quién podría quejarse de eso.
Hoy no hay tanta gente en la sala de espera de oncología, y la mayoría son personas mayores (todas con pelo, para mi asombro) que le cuentan a cualquiera que quiera escucharles cuán agradecidos hemos de estar, porque por lo menos estamos aquí para hablar de ello, y el Señor dirá. Me fascina la ciega devoción, la increíble sumisión a la voluntad de un todopoderoso. Si yo fuera creyente ahora mismo estaría teniendo una seria conversación con Dios, estaría pidiendo explicaciones (convincentes, por favor) de por qué, y sobre todo, con qué derecho, sin venir a cuento señaló el cuadrante superior externo de mi pecho izquierdo con su dedo índice.
Afrontamos estas situaciones como mejor podemos, porque nadie nos ha preparado para esto. Unos se aferran a su Dios, otros a su trabajo, otros al destino. Yo me aferro a esa oportunidad que tengo para saborear, despacito, la dulzura de cada momento con mi hija. Aunque a veces, por la noche, cuando me miro al espejo, noto un regusto amargo en el cielo de la boca, y me voy a la cama con la sensación de no haberme lavado los dientes.
martes, 8 de febrero de 2011
La fórmula de la felicidad
Una vez entrevistaron a mi padre en la tele. El acontecimiento fue recibido con gran emoción en el seno de la familia. Llegó una cinta de vídeo que vi una y mil veces en nuestro súper reproductor VHS. Era una entrevista de preguntas cerradas, de esas que no permiten que el entrevistado y el entrevistador se salgan del guión (de esas que, ahora, me gustan tan poco). Recuerdo muy bien dos de las preguntas. La primera fue "¿A quién echa de menos?", a lo que mi padre respondió "A mi mujer y a mis hijas cuando están lejos" (clap clap clap). La segunda fue "¿La fórmula de la felicidad?". Mi padre dijo que no había fórmulas ni recetas, que era una lucha constante desde por la mañana hasta por la noche.
Nunca es un buen momento para que te digan que tienes cáncer. Si estás pasando por un mal momento puedes pensar "Joder, encima esto". Si estás viviendo un momento idílico de tu vida la frase sería "Justo ahora, que todo iba tan bien". Pero en el primer caso corres el riesgo de morirte de pena, de caer en el error de convencerte de que no tienes nada por lo que luchar, y entonces estás perdido.
Yo era muy feliz; soy muy feliz. Mi lucha ahora se centra en pasar por esta fase de puntillas, sin enterarme mucho, luego vendrá la lucha interna para evitar, si es que eso se puede hacer, una recaída. Mientras tanto lucho diariamente por nuestra felicidad. Resulta complicado cuando el cansancio me dice que lo que necesito es meterme en la cama, complicado durante esos cuatro días (que, aunque pocos, pueden ser devastadores) después del pinchazo. Pero todo pasa. Entonces pienso en la risa de Jimena cuando está en el parque, en cómo se relaja Nasser cuando está entre amigos y puede dejar que nuestro círculo cuide un poco de su familia, y me doy cuenta de que esa es ahora mi causa.
No, no hay recetas. Solo puedo levantarme y oler a café. Y convencerme de que es posible. De que hoy va a estar lleno de momentos felices, de que es necesario compartir la carga, de que tengo que dejar que me echen un cable. Y de que esta noche puedo irme a la cama con la cabeza tranquila, sin ruido de fondo. Y sonreír cuando sale el sol.
A mí me funciona.
Nunca es un buen momento para que te digan que tienes cáncer. Si estás pasando por un mal momento puedes pensar "Joder, encima esto". Si estás viviendo un momento idílico de tu vida la frase sería "Justo ahora, que todo iba tan bien". Pero en el primer caso corres el riesgo de morirte de pena, de caer en el error de convencerte de que no tienes nada por lo que luchar, y entonces estás perdido.
Yo era muy feliz; soy muy feliz. Mi lucha ahora se centra en pasar por esta fase de puntillas, sin enterarme mucho, luego vendrá la lucha interna para evitar, si es que eso se puede hacer, una recaída. Mientras tanto lucho diariamente por nuestra felicidad. Resulta complicado cuando el cansancio me dice que lo que necesito es meterme en la cama, complicado durante esos cuatro días (que, aunque pocos, pueden ser devastadores) después del pinchazo. Pero todo pasa. Entonces pienso en la risa de Jimena cuando está en el parque, en cómo se relaja Nasser cuando está entre amigos y puede dejar que nuestro círculo cuide un poco de su familia, y me doy cuenta de que esa es ahora mi causa.
No, no hay recetas. Solo puedo levantarme y oler a café. Y convencerme de que es posible. De que hoy va a estar lleno de momentos felices, de que es necesario compartir la carga, de que tengo que dejar que me echen un cable. Y de que esta noche puedo irme a la cama con la cabeza tranquila, sin ruido de fondo. Y sonreír cuando sale el sol.
A mí me funciona.
domingo, 6 de febrero de 2011
Prefiero que sea mi día
El viernes fue el día mundial de la lucha contra el cáncer. Fue mi día, y el de tantas otras personas. Hoy Mayte se recupera de una operación de mama en su casa, rodeada de su familia. Mara celebra muy buenas noticias sobre su pulmón, y Noelia sale a la calle tras un trasplante de médula. Todas luchadoras, todas ganadoras.
Miro a mi alrededor y me doy cuenta de que prefiero que sea mi día a que sea el día de mi hermana o el de mi madre. Sé que mi madre, y mi padre, se cambiaría por mí cien veces pero ahora que estoy aquí prefiero pasar yo por esto. No es porque no confíe en que ellos no puedan luchar, es que no puedo ni imaginar sentirme como se han sentido durante estos últimos meses. Supongo que en estas situaciones se formula el consabido "¿por qué a mí?" pero nunca se llega a pensar "¿por qué no a otro?". Rara vez los deseos se hacen realidad, pero yo no quiero ese peso sobre mi conciencia.
El pelo va cayendo, poco a poco, cada vez más. Cada jirón que se me queda en la mano me recuerda que estoy más cerca del final, pero sigo manteniendo la vista fija en las cosas cercanas. 16 de febrero, tercera sesión. Porque quedan muchos días mundiales de la lucha contra el cáncer antes de que esto acabe, y va a acabar. Y quiero que esos sean mis días, no los de mi gente.
PD: dicen por ahí que los blogs se nutren de los comentarios. Si es así, este blog está agonizando... Besos mil a los habituales. A ver si el resto se va animando ( besos también, ¡pero algunos menos!).
Miro a mi alrededor y me doy cuenta de que prefiero que sea mi día a que sea el día de mi hermana o el de mi madre. Sé que mi madre, y mi padre, se cambiaría por mí cien veces pero ahora que estoy aquí prefiero pasar yo por esto. No es porque no confíe en que ellos no puedan luchar, es que no puedo ni imaginar sentirme como se han sentido durante estos últimos meses. Supongo que en estas situaciones se formula el consabido "¿por qué a mí?" pero nunca se llega a pensar "¿por qué no a otro?". Rara vez los deseos se hacen realidad, pero yo no quiero ese peso sobre mi conciencia.
El pelo va cayendo, poco a poco, cada vez más. Cada jirón que se me queda en la mano me recuerda que estoy más cerca del final, pero sigo manteniendo la vista fija en las cosas cercanas. 16 de febrero, tercera sesión. Porque quedan muchos días mundiales de la lucha contra el cáncer antes de que esto acabe, y va a acabar. Y quiero que esos sean mis días, no los de mi gente.
PD: dicen por ahí que los blogs se nutren de los comentarios. Si es así, este blog está agonizando... Besos mil a los habituales. A ver si el resto se va animando ( besos también, ¡pero algunos menos!).
miércoles, 2 de febrero de 2011
Seguimos
Intento no convertir esto en mi vida. Creo que es muy fácil caer en el abismo de internet, y buscar información y desinformación sobre el cáncer, grupos de ayuda, libros que te dicen cómo evitar que te pase y cómo evitar que se desarrolle una vez te ha pasado. Pero yo tengo una vida a la que prefiero dedicarle toda mi energía.
Hoy toca día de expectación, otra vez. El segundo ciclo entró ayer, y parece que la cosa va un poco mejor. Supongo que el día clave es mañana, primera inyección de la tanda, que fue la que me tumbó hace dos semanas, pero tengo esperanzas. Me concentro en mi estómago y dosifico muy bien las tres pastillas de Primperán que me puedo tomar. La metralla buena para las náuseas está restringida hasta nuevo aviso por posible alergia.
Así que por fin el siete se ha convertido en seis. Quedan seis sesiones. ¿Será posible que esté contando los días durante las próximas doce semanas?
Necesito recomendaciones para leer.
Buenas noches y tararás
Hoy toca día de expectación, otra vez. El segundo ciclo entró ayer, y parece que la cosa va un poco mejor. Supongo que el día clave es mañana, primera inyección de la tanda, que fue la que me tumbó hace dos semanas, pero tengo esperanzas. Me concentro en mi estómago y dosifico muy bien las tres pastillas de Primperán que me puedo tomar. La metralla buena para las náuseas está restringida hasta nuevo aviso por posible alergia.
Así que por fin el siete se ha convertido en seis. Quedan seis sesiones. ¿Será posible que esté contando los días durante las próximas doce semanas?
Necesito recomendaciones para leer.
Buenas noches y tararás
martes, 25 de enero de 2011
El zarpazo
Tiene gracia que todos los medicamentos que te dan para complementar la quimioterapia tengan un efecto secundario común: la náusea. Claro, entre la náusea de la quimio, la náusea de la pastilla verde y la náusea de la inyección azul a ver quién es la paloma supermana que aguanta. Y hasta ahí puedo leer.
Es curioso lo despacio que pasan los días, los números en realidad. El siete no parece convertirse en seis, aunque es posible que mi deseo de que no llegue ese próximo día haya ralentizado el movimiento del cosmos. Deseos contrapuestos. Ojalá hubiera una anestesia general para esto. Todo de golpe. Zas.
Porque tras cuatro días sin apenas acariciar a mi hija llega el zarpazo. Las lágrimas encuentran el hombro añorado y aflora el enfado, la impotencia, las preguntas no formuladas. Y fue mejor que vomitar, mucho mejor.
El domingo me salté la dieta, un par de veces. Huevos fritos con chorizo, pizza para cenar... uno o dos dulces de chocolate... No me olvidé de la fruta, claro. No tengo remordimientos, me lo pedía el estómago y ahora mismo solo le doy cuentas a él.
Cuatro días, eso es lo que he tardado en volver a la normalidad. Dice Nasser que ojalá esos sean los tan temido efectos secundarios de la quimioterapia. Y para acostumbrarnos a lo que viene, me he cortado el pelo. Cortesía de Nasser Peluqueros. Toda una obra de arte, por cierto.
Tengo 33 años. Y he tenido un cáncer. Joder.
Es curioso lo despacio que pasan los días, los números en realidad. El siete no parece convertirse en seis, aunque es posible que mi deseo de que no llegue ese próximo día haya ralentizado el movimiento del cosmos. Deseos contrapuestos. Ojalá hubiera una anestesia general para esto. Todo de golpe. Zas.
Porque tras cuatro días sin apenas acariciar a mi hija llega el zarpazo. Las lágrimas encuentran el hombro añorado y aflora el enfado, la impotencia, las preguntas no formuladas. Y fue mejor que vomitar, mucho mejor.
El domingo me salté la dieta, un par de veces. Huevos fritos con chorizo, pizza para cenar... uno o dos dulces de chocolate... No me olvidé de la fruta, claro. No tengo remordimientos, me lo pedía el estómago y ahora mismo solo le doy cuentas a él.
Cuatro días, eso es lo que he tardado en volver a la normalidad. Dice Nasser que ojalá esos sean los tan temido efectos secundarios de la quimioterapia. Y para acostumbrarnos a lo que viene, me he cortado el pelo. Cortesía de Nasser Peluqueros. Toda una obra de arte, por cierto.
Tengo 33 años. Y he tenido un cáncer. Joder.
jueves, 20 de enero de 2011
Cáncer no es mi signo zodiacal
Siempre me han gustado los diccionarios y las enciclopedias. En casa de mis padres hay una Larousse, presidiendo el mueble de los libros de consultas y curiosidades. Hace ya algunos años, cuando aún vivíamos todos juntos, la enciclopedia pasaba a ser un tertuliano más.
Siete comensales, con edades comprendidas entre educación primaria y algún curso no definido de Arquitectura Técnica, y los papás, los dos profesores y muy sabios. Yo solía contar alguna cosa que había aprendido en la clase de Geología de Antonio Hernández, Diana rebuznaba por alguna asignatura de las suyas y el Nano nos amenazaba con hacer un nuevo experimento que se le había ocurrido tras descubrir la electricidad en Conocimiento del Medio. Había algunos días en los que la tertulia se extendía y empezaban las dudas. "¡Larousse lo sabe!" Y salía el primer tomo de la sobremesa, generalmente seguido por cuatro o cinco más y Pablo diciendo su típico "Yo lo sabía, pero no encontraba las palabras...". Mi madre y María muertas de risa y Miguel llevándole la contraria a la enciclopedia. Días gloriosos.
Ahora no tengo Larousse (¡pero tengo un María Moliner!). No me la hubiera podido llevar porque, primero no es mía, y segundo, es parte de la casa. Así que ahora cuando estoy ávida de información tengo que recurrir a Wikipedia. Lo sé, un atajo con muy poco estilo, pero de momento es lo que hay.
Dice Wikipedia en su definición de Cáncer (desambiguación, claro), que "En astrología, Cáncer es el cuarto signo zodiacal, perteneciente al elemento agua. Se trata de un signo cardinal femenino, el segundo después de Aries. Su símbolo es un cangrejo. Es opuesto a Capricornio, y está regido por la Luna." Lo que me deja tal cual estaba al principio, o con alguna duda más, porque... ¿quiere eso decir que solo las mujeres pueden ser cáncer? ¿Y qué demonios quiere decir signo cardinal? Allá voy, y descubro que los signos, según las posiciones de las constelaciones, pueden ser cardinales, fijos o mutables. Cáncer, como signo cardinal que es, es muy explosivo a la par que impulsivo. Por otro lado Tauro, (yo) es un signo fijo, caracterizado por su tozudez, fuerza de voluntad (sí, ya) y perseverancia (¿eins?).
Y digo yo. ¿No será que se equivocaron de diagnóstico, y en realidad lo que pasa es que Cáncer es mi signo zodiacal?
PD: Dice el marcador que hay muchas visitas en este blog. ¿No se animan a decir algo?
Siete comensales, con edades comprendidas entre educación primaria y algún curso no definido de Arquitectura Técnica, y los papás, los dos profesores y muy sabios. Yo solía contar alguna cosa que había aprendido en la clase de Geología de Antonio Hernández, Diana rebuznaba por alguna asignatura de las suyas y el Nano nos amenazaba con hacer un nuevo experimento que se le había ocurrido tras descubrir la electricidad en Conocimiento del Medio. Había algunos días en los que la tertulia se extendía y empezaban las dudas. "¡Larousse lo sabe!" Y salía el primer tomo de la sobremesa, generalmente seguido por cuatro o cinco más y Pablo diciendo su típico "Yo lo sabía, pero no encontraba las palabras...". Mi madre y María muertas de risa y Miguel llevándole la contraria a la enciclopedia. Días gloriosos.
Ahora no tengo Larousse (¡pero tengo un María Moliner!). No me la hubiera podido llevar porque, primero no es mía, y segundo, es parte de la casa. Así que ahora cuando estoy ávida de información tengo que recurrir a Wikipedia. Lo sé, un atajo con muy poco estilo, pero de momento es lo que hay.
Dice Wikipedia en su definición de Cáncer (desambiguación, claro), que "En astrología, Cáncer es el cuarto signo zodiacal, perteneciente al elemento agua. Se trata de un signo cardinal femenino, el segundo después de Aries. Su símbolo es un cangrejo. Es opuesto a Capricornio, y está regido por la Luna." Lo que me deja tal cual estaba al principio, o con alguna duda más, porque... ¿quiere eso decir que solo las mujeres pueden ser cáncer? ¿Y qué demonios quiere decir signo cardinal? Allá voy, y descubro que los signos, según las posiciones de las constelaciones, pueden ser cardinales, fijos o mutables. Cáncer, como signo cardinal que es, es muy explosivo a la par que impulsivo. Por otro lado Tauro, (yo) es un signo fijo, caracterizado por su tozudez, fuerza de voluntad (sí, ya) y perseverancia (¿eins?).
Y digo yo. ¿No será que se equivocaron de diagnóstico, y en realidad lo que pasa es que Cáncer es mi signo zodiacal?
PD: Dice el marcador que hay muchas visitas en este blog. ¿No se animan a decir algo?
miércoles, 19 de enero de 2011
De la experimentación animal y otras perrerías
El suero, de color rojo, que cuelga sobre mi cabeza está recubierto con papel de aluminio. Deduzco inmediatamente que tiene algo que ver con agentes químicos que reaccionan con la luz, aunque realmente estoy convencida de que es para tapar una pegatina donde hay impresa una calavera y dos tibias: veneno. Veo bajar el líquido rojo y entrar en la vía que vuelve a estar en mi mano derecha y cierro los ojos. Trato de hacer un pequeño ejercicio, una conversación con mi cuerpo, en la que le pido perdón y trato de convencerle de que esto va a hacer que no nos pongamos enfermas nunca más, y le suplico que no me haga sufrir demasiado. Le digo que trate de tolerarlo, que yo sé que estamos fuertes y que podemos pasar por esto sin grandes dramas. Ahora, dos horas después, estoy expectante, pero sin prestar mucha atención, no vaya a ser que mi mente provoque la reacción que mi cuerpo ha decidido no tener.
Me siento como una rata de laboratorio. En la última semana me han hecho un sinfín de pruebas que me recordaron la definición que hacía, en mi primer año de carrera, el gran Miguel Ibáñez de la experimentación animal. "Es muy sencillo" decía el hombre, "se trata de coger al bicho en cuestión y hacerle perrerías para ver cómo responde". Una definición muy poco ortodoxa, pero muy gráfica. ¿Cómo respondió el animal? Unas veces indiferente, otras con algo de alivio, en un caso aislado con lágrimas desconsoladas (que te hagan una mamografía en el pecho que te acaban de operar es una perrería de las gordas). Los resultados perfectos, de modo que pudimos empezar con el tratamiento. Como dice Nasser: camino ruin pásalo pronto.
Y así están las cosas. Jimena duerme, ajena a todo lo que ocurre en el seno de su familia. Ella solo piensa en parques, toboganes y yogures. Y por supuesto, en Pocoyó. Y menos mal. Porque si me cuentan que mi niña es sensible a todo esto seguro que yo experimentaría todos los efectos secundarios descritos, y algunos nuevos.
De modo que me acuesto tal cual me levanté: expectante. Buenas noches, muchos besos y tararás.
Laura
Me siento como una rata de laboratorio. En la última semana me han hecho un sinfín de pruebas que me recordaron la definición que hacía, en mi primer año de carrera, el gran Miguel Ibáñez de la experimentación animal. "Es muy sencillo" decía el hombre, "se trata de coger al bicho en cuestión y hacerle perrerías para ver cómo responde". Una definición muy poco ortodoxa, pero muy gráfica. ¿Cómo respondió el animal? Unas veces indiferente, otras con algo de alivio, en un caso aislado con lágrimas desconsoladas (que te hagan una mamografía en el pecho que te acaban de operar es una perrería de las gordas). Los resultados perfectos, de modo que pudimos empezar con el tratamiento. Como dice Nasser: camino ruin pásalo pronto.
Y así están las cosas. Jimena duerme, ajena a todo lo que ocurre en el seno de su familia. Ella solo piensa en parques, toboganes y yogures. Y por supuesto, en Pocoyó. Y menos mal. Porque si me cuentan que mi niña es sensible a todo esto seguro que yo experimentaría todos los efectos secundarios descritos, y algunos nuevos.
De modo que me acuesto tal cual me levanté: expectante. Buenas noches, muchos besos y tararás.
Laura
lunes, 10 de enero de 2011
Information, information, information
Miro a mi alrededor. A mi derecha, una mujer ajada tapa su calvicie con una gorra. Sus labios parecen esconder unas encías desdentadas. Espera su turno para la quimioterapia. A mi izquierda, una mujer dormita mientras su marido lee. Va muy bien peinada, como recién salida de la peluquería. Abre los ojos y se levanta a estirar las piernas. Solo entonces percibo las cejas perfiladas y un peinado que no es tal, sino una peluca. Espera su turno para la quimioterapia.
La oncóloga es una mujer joven, tranquila, de voz muy suave. Me tranquiliza. Me cuenta cuál es el color de mi futuro más próximo: cuatro meses de quimioterapia y cinco años de hormonoterapia (en pastillas). Me dice que los resultados son buenos, todos los receptores que queremos que estén, están, y los que queremos evitar, no están. El ganglio, definitivamente negativo. Empezamos la semana que viene.
El tipo de la radioterapia tiene algo así como salero andaluz. Habla de que a él siempre le dejan para el final. Después de la quimio, cuatro semanas de radio. Desgraciadamente esto no va a darme superpoderes. Y yo que soñaba con ser espaiderguoman, cachis. Me mira y asiente satisfecho. Todo en orden: cicatrización correcta, el otro pecho y las axilas limpias.
De modo que de esto se trataba. Me auguran cansancio, nauseas, alopecia y algunas otras cosas de las que no me acuerdo. Cuatro meses. Cuatro meses es mejor que seis, e infinitamente mejor que ocho, que fue lo que calcularon al principio.
Lo más importante: no pensar en las estadísticas. Esta soy yo, no un punto en unas coordenadas cartesianas.
Releo lo que acabo de escribir y descubro un tono gris, derrotado. En absoluto. Hoy ha sido un día emocionalmente largo. Inevitablemente he tenido que contar la misma historia unas cuantas veces. Mis padres, Nasser, Belén, algún que otro amigo...(contra, ¿y Diana?). No quería acostarme sin hacerles llegar algo de información. Quédense con esto: estoy con el ánimo alto, nada de derrotismos, nada de falsas esperanzas. Vamos a por el siguiente paso.
Un beso a todos
Laura
La oncóloga es una mujer joven, tranquila, de voz muy suave. Me tranquiliza. Me cuenta cuál es el color de mi futuro más próximo: cuatro meses de quimioterapia y cinco años de hormonoterapia (en pastillas). Me dice que los resultados son buenos, todos los receptores que queremos que estén, están, y los que queremos evitar, no están. El ganglio, definitivamente negativo. Empezamos la semana que viene.
El tipo de la radioterapia tiene algo así como salero andaluz. Habla de que a él siempre le dejan para el final. Después de la quimio, cuatro semanas de radio. Desgraciadamente esto no va a darme superpoderes. Y yo que soñaba con ser espaiderguoman, cachis. Me mira y asiente satisfecho. Todo en orden: cicatrización correcta, el otro pecho y las axilas limpias.
De modo que de esto se trataba. Me auguran cansancio, nauseas, alopecia y algunas otras cosas de las que no me acuerdo. Cuatro meses. Cuatro meses es mejor que seis, e infinitamente mejor que ocho, que fue lo que calcularon al principio.
Lo más importante: no pensar en las estadísticas. Esta soy yo, no un punto en unas coordenadas cartesianas.
Releo lo que acabo de escribir y descubro un tono gris, derrotado. En absoluto. Hoy ha sido un día emocionalmente largo. Inevitablemente he tenido que contar la misma historia unas cuantas veces. Mis padres, Nasser, Belén, algún que otro amigo...(contra, ¿y Diana?). No quería acostarme sin hacerles llegar algo de información. Quédense con esto: estoy con el ánimo alto, nada de derrotismos, nada de falsas esperanzas. Vamos a por el siguiente paso.
Un beso a todos
Laura
De mensajes, preguntas y reglas ortográficas
El teléfono echa humo esta mañana. Mensajes de cariño (Idaira, como otras veces, la más tempranera) que me recuerdan que en realidad no tenemos tan mala memoria, y que aunque no nos veamos, hay un montón de cabezas mandando fuerza y energía positiva para mi día de hoy.
A unas pocas horas de la cita con la oncóloga, estoy en casa de mis padres. La peque duerme y yo hago esa lista de preguntas, que me llevaré en el bolsillo (yo, como siempre, con mi glamour particular) para no dejar nada en el aire. Sé que algunas de ellas van a quedar sin respuesta, pero peor es quedarse con la pregunta en la punta de la lengua.
Esta noche buscaré un ratito para contarles cómo fue todo.
Muchas gracias por acordarse de que hoy es un día importante. Besos, abrazos y tararás.
Laura
PD: según la nueva revisión ortográfica de la RAE, glamour es glamur. Por una vez, y sin que sirva de precedente, no les hago caso. Glamour tiene mucho más glamour.
A unas pocas horas de la cita con la oncóloga, estoy en casa de mis padres. La peque duerme y yo hago esa lista de preguntas, que me llevaré en el bolsillo (yo, como siempre, con mi glamour particular) para no dejar nada en el aire. Sé que algunas de ellas van a quedar sin respuesta, pero peor es quedarse con la pregunta en la punta de la lengua.
Esta noche buscaré un ratito para contarles cómo fue todo.
Muchas gracias por acordarse de que hoy es un día importante. Besos, abrazos y tararás.
Laura
PD: según la nueva revisión ortográfica de la RAE, glamour es glamur. Por una vez, y sin que sirva de precedente, no les hago caso. Glamour tiene mucho más glamour.
jueves, 6 de enero de 2011
Un mal día lo tiene cualquiera
Una amiga de mi hermana que sabe mucho de estas cosas, y no por casualidad, me habló de la importancia de detectar mis necesidades. Con un entorno familiar tan potente como el mío a veces se puede llegar a anteponer la tranquilidad y bienestar de los demás frente a la propia. No es mi caso, pero sus palabras me pusieron sobre aviso. "A veces una hace demasiado para que los demás no se preocupen, cuando en realidad lo que necesita es llorar y maldecir. No tengas miedo de tener un mal día".
Ayer fue un mal día. Lo bueno fue que lo detecté antes de que empezara, así que pude organizar el día. Una noche en vela es más que un síntoma para mí, que he dormido a pierna suelta (cuando la peque me deja) desde mi diagnóstico. Palabras en mi cabeza daban vueltas mientras Jimena hablaba en sueños. Infiltrante, remisión completa, buen pronóstico, mal pronóstico... Así que por la mañana lo pequeño se fue con la abuela, lo grande a hacer de rey mago y yo me quedé tras la puerta, bajo el edredón, respirando. Dentro, fuera, dentro, fuera, tratando de hacer una instantánea de mi miedo, una imagen que poner en la puerta de la nevera para mirar de frente y decirle: Te veo; voy a por ti.
Ahora que estoy a punto de visitar por primera vez la planta de oncología no es fácil diseccionar mi mente y ponerle un nombre a esto que siento, pero sí sé que no tiene nada que ver con el tratamiento. No me da miedo perder el pelo, no me dan miedo las náuseas... Me da miedo estar enferma. Me da miedo que mi hija tenga el recuerdo de una madre enferma: "Eso nunca lo hicimos, porque mi madre siempre estuvo enferma". Identificado. Ahora divide y vencerás. Proceso mental.
Una de las cosas que más me ayudó a no caer en el pesimismo fue aquello de las pequeñas metas. Pequeñas fases. Funcionó de verdad. Si visualizo el proceso completo, fin del tratamiento, vuelta al trabajo, cunde el pánico. Pero creo que en este punto es inevitable ceder a la debilidad, aunque solo sea por un día, y sentir pavor. Maldecir mi mala suerte, llorar a moco tendido, dormir.
Y entonces sentí pavor por sentir pavor. ¿Y si no era un día? ¿Y si había sucumbido a la desesperación? Una conversación con la amiga de mi hermana me tranquilizó: "Yo creo que es normal; te enfrentas a una situación complicada, pero si ves que se prolonga hay técnicas para combatir la ansiedad". Bien, es normal. Está permitido, aunque solo sea por un día.
Así que anoche, mientras hacía de rey mago, tuve una conversación con mi cerebro. Le di las gracias por hacerme saber que puedo tener mis días y le pregunté si íbamos a tardar mucho en volver a ser nosotras, esas que se miran el pecho izquierdo y piensan "ya no está", esas que no piensan en la quimioterapia, sino en la primera cita con el oncólogo, esas que cuando piensan en el futuro de Jimena no ven secuelas emocionales. Tardó un rato responderme. Unas diez horas que dormí del tirón.
Hoy fue un día perfecto. Sé que habrá días malos, pero ya no les tengo miedo, porque sé que no son estados imperturbables. Son, simplemente, malos días. Y todos, con cáncer o no, tenemos un mal día de vez en cuando.
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