domingo, 12 de diciembre de 2010

El rosa nunca fue mi color

Me lo noté después de una pequeña mastitis. A pesar de que la congestión remitía, había un bulto que seguía estando allí, donde no debía. No soy de las personas que prefieren vivir en la ignorancia en cuanto a salud, así que un mes y medio después, tras haber visto a la matrona, al ginecólogo y haber estado en tratamiento con antiinflamatorios y calor, me vi esperando en el centro de salud por una ecografía. La montaña rusa se puso en marcha. Las palabras "hay que biopsiar" pusieron a mi cerebro en un estado de alerta nunca experimentado anteriormente, y lo que vino después confirmó las peores sospechas.
Una biopsia es una prueba emocionalmente compleja; las personas que están en la habitación contigo son plenamente conscientes de que sus palabras, su lenguaje corporal, hasta el modo en que respiran son registrados por quien está tumbado en la camilla, procesados y utilizados para sacar conclusiones propias que, generalmente, carecen de fundamento científico.
El radiólogo había salido a presentarse mientras yo estaba en la sala de espera: un tipo con voz calma, gesto poco expresivo, y muy, muy cercano. Echada ya en la camilla se acercó a mí, puso su mano en mi cadera, y formuló un "¿cómo estás?" que no percibí como retórico. Esa mano, cálida, firme y tierna a la vez, era la mano de un médico, un sanador. Una persona que se hacía cargo del momento por el que estaba pasando y que me transmitía un mensaje mudo: sea cual sea el resultado de la prueba de hoy, vamos a cuidar de ti, te vamos a acompañar en cada paso del camino.
La biopsia tardó cuatro largos días. Cuando finalmente los resultados confirmaron las sospechas del radiólogo, y mis peores temores, quise correr a casa, esconderme bajo el edredón y esperar despertarme de un horrible sueño. Pero solo pude permanecer inmóvil, como si eso pudiera detener el tiempo a mi alrededor y dentro de mi cuerpo.
Los días siguientes están algo borrosos. Recuerdo lágrimas, impotencia, maldiciones y, finalmente, la revelación. Esto es real, esto es real, está aquí, dentro de mí, cerca de mi corazón, justo donde Jimena se queda dormida cuando se despierta en mitad de la noche. No puedo echar a correr, no hay adónde ir. Solo puedo mirarme todos los días en el espejo, tocarme, comprobar que sigue ahí, y decirme en susurros que esto es pasajero, que será muy duro, pero que voy a lograrlo. No hay otra opción.

No, el rosa nunca fue mi color, a mí siempre me gustó el naranja. Pero ha invadido mi vida, y se ha convertido en mi causa. Hoy, muchas mujeres caminaron por su vida, por la de familiares o amigos. E incluso hubo gente que caminó por la vida de personas desconocidas. Yo no estuve allí por la sencilla razón de que aun no puedo identificarme como parte de esa causa, creo que aun no me he enfrentado a esa parte del proceso. Pero muy pronto vestiré mi mente de rosa, y caminaré por mi vida y por la de las mujeres que, como yo ahora, no pueden hacerlo porque aun no están preparadas, y por la de todas aquellas que, desafortunadamente, están por venir.

No, el rosa nunca fue mi color. Pero lo va a ser dentro de muy poco, así que voy a empezar a buscar un nuevo fondo de armario.

4 comentarios:

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  2. Vamos todos a mutar la mente a rosa :)

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  3. Yo, contigo, me iré tiñendo poco a poco de rosa, por dentro y por fuera.

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  4. El mío tampoco, querida. Siempre agradecí que no me encerraras en sujetadores color carne o rosa cursi con puntillas. La vida de una teta está condenada al buen/mal gusto de su portadora, es una lotería, de manera que un poco de elegancia o, simplemente, ir a pezón suelto, es de una comodidad muy de agradecer.
    Ser teta es un complicado. Si los hombres tuvieran tetas, el dolor de tetas sería enfermedad profesional. Si los hombres tuvieran que dar de mamar, se habría inventado leches sintéticas y sin teticas. Además, cuando nos ponemos malas, toda la vida pasa por delante de nuestra memoria de teta porque sin tetas no hay paraíso, ya se sabe, pero, además, sin tetas o con ellas malitas, todo son incertidumbres.
    Pero, querida Laura, no te preocupes. Doñateta no te va a dejar. Seguiremos juntas y, una vez haya terminado esta broma pesada, estrenarenos nuestra libertad y nuestra segunda juventud con un baño en el Atlántico. En tetas, claro.

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