Cuando nació Jimena, Diana me dijo que disfrutara de los meses de baja, que pasaban volando. No sé por qué, pero a mí me pasó lo contrario. Los días pasaban justo al ritmo que yo quería, incluso más despacio. Cuando la niña hizo tres meses apenas podía creerlo: hubiera jurado que eran seis. Saboreé cada mañana, cada café en la plaza del pueblo con la niña dormitando en el capazo, cada empacho de ahora tele, ahora un sueñecito en el sofá porque Jimena había decidido que esa tarde tocaba ahora teta, ahora dormir.
Ahora, cuando el tiempo parece haberse detenido gracias a una ruleta a la que nunca jugué, saboreo las cosas como lo hice entonces. Y Jimena es deliciosa.
Tengo la suerte de tener bastantes más días buenos que malos, y eso me permite disfrutar de este tiempo, ¿sabático?, con los cinco sentidos. Contar el tiempo en sesiones de quimioterapia puede ser una tortura; mañana es mañana durante mucho más de veinticuatro horas. De la misma manera, una tarde jugando con Jimena es muy muy larga. Quién podría quejarse de eso.
Hoy no hay tanta gente en la sala de espera de oncología, y la mayoría son personas mayores (todas con pelo, para mi asombro) que le cuentan a cualquiera que quiera escucharles cuán agradecidos hemos de estar, porque por lo menos estamos aquí para hablar de ello, y el Señor dirá. Me fascina la ciega devoción, la increíble sumisión a la voluntad de un todopoderoso. Si yo fuera creyente ahora mismo estaría teniendo una seria conversación con Dios, estaría pidiendo explicaciones (convincentes, por favor) de por qué, y sobre todo, con qué derecho, sin venir a cuento señaló el cuadrante superior externo de mi pecho izquierdo con su dedo índice.
Afrontamos estas situaciones como mejor podemos, porque nadie nos ha preparado para esto. Unos se aferran a su Dios, otros a su trabajo, otros al destino. Yo me aferro a esa oportunidad que tengo para saborear, despacito, la dulzura de cada momento con mi hija. Aunque a veces, por la noche, cuando me miro al espejo, noto un regusto amargo en el cielo de la boca, y me voy a la cama con la sensación de no haberme lavado los dientes.
¡Buenos días!
ResponderEliminarAyer no puse más que el nombre, luego ya me dí cuenta de que puede haber otros tales.
Sobre dioses. Ultimamente me he reído con Schopenhauer, un cascarrabias que pensaba. Sé que cuesta trabajo leerlo, empezando ya por apellido semejante, pero en "Senilia" es a veces divertido.
"...los judíos son el pueblo elegido de su dios y él es el dios elegido de su pueblo: Y eso no tiene por qué preocuparle a nadie más"
Otro filósofo de la antigüedad decía que "los asuntos de los dioses no me conciernen". Algunos de tanto mirar para el cielo se olvidan de dónde tenemos los pies.
Besos.
... alehop! comenzada la lectura de Hornby. La primera traducción es prácticamente igual a la tuya, o sea, que ya sabes a qué puedes dedicarte también además del medio rural (te dejaré copia de la misma). Me estoy comiendo a Nick H.; muchos aspectos del mismo también suceden en nuestra ciudad, asi como, en la pequeña aldea gala, luego, ¿quién dijo que las cuestiones amorosas no son internacionales (más ahora que pagamos en euros)? No hay nada nuevo bajo el sol.
ResponderEliminarY sigo pensando que además de traducir, escribes de p.m.
Hasta pronto entre donuts (por cierto, ahora hay unos nuevos con tropezones de frutos secos incrustados en el chocolate que pueden estar bien, ¿te apetecerían?).
Supongo que la conversación con/sobre/contra dios es obligada siempre en situaciones de enfermedad, pérdida o grandes miedos. Yo llevo unos cuantos meses tratando de no ahogarme en el libro DIOS NO EXISTE. LECTURAS ESENCIALES PARA EL NO CREYENTE, que está lleno de textos muy sesudos. Que tú, Lauri, estés teniendo que pasar por este proceso, me convence más que toda la filosofía.
ResponderEliminarUn abrazo inter-islas fuerte, fuerte.
Alguien me dijo que Einstein tenía en su laboratorio un “marmolillo” con una leyenda que decía “Dios es sutil pero no malicioso” o sea que a veces las cosas son más sencillas y no deberíamos darle tantas vueltas
ResponderEliminar“Lee” Iaccoca , que fue presidente de GM, preguntado sobre si pensaba que era un hombre con suerte, contestó, más o menos, “Creo que no, simplemente desde que me levanto hasta que me acuesto estoy dando saltos para ver si la atrapo”.
Conseguir la felicidad debe ser una cosa parecida.
Yo creo que la felicidad es como esos atados de globos que suele haber en las ferias, globos de todos los colores, globos llenos de amor, amistad, salud, dinero, alegría, nostalgia, etc en sus más diversas y variopintas acepciones; si se nos escapa alguno de ellos nos llevamos un disgusto y sufrimos, pero intentamos recomponernos agarrando con más fuerza los demás. A veces no se escapa ninguno, pero alguno pierde un poquito de aire, la reacción debe ser la misma, agarrarse al resto.
Hay motivos y razones que te rodean y que se te ofrecen, muchos más , además de los que escriben en el blog.
Te veo bien, un beso…
Vaya, este blog se esta poniendo a una altura que da miedo, pero me alegra ver que se animan los que no son familia porque no llevan los mismos genes, pero que comparten otras cosas que unen tanto como los genes. Yo no suelo escribir porque tengo a Laura todos los días en vivo y en directo y además, reconozco que el nivel me supera, pero me siento obligada a participar. Dicen que la distancia es el olvido, pero yo tampoco concibo esa razón, muy al contrario, a pesar de la distancia los afectos verdaderos perviven y sabemos que están ahí cuando los necesitamos. Me alegro mucho de leerte, Alfonso; muchos besos a Manoli y a los chicos.
ResponderEliminarun Abrazo Martita. Miguel, enhorabuena por tu jubilación; ahora tendrás todo el tiempo del mundo para retomar tus lecturas universitarias, aunque ya no tendremos sobremesas para que puedas darnos la paliza con ellas, Un besazo a todos.