jueves, 6 de enero de 2011

Un mal día lo tiene cualquiera

Una amiga de mi hermana que sabe mucho de estas cosas, y no por casualidad, me habló de la importancia de detectar mis necesidades. Con un entorno familiar tan potente como el mío a veces se puede llegar a anteponer la tranquilidad y bienestar de los demás frente a la propia. No es mi caso, pero sus palabras me pusieron sobre aviso. "A veces una hace demasiado para que los demás no se preocupen, cuando en realidad lo que necesita es llorar y maldecir. No tengas miedo de tener un mal día".

Ayer fue un mal día. Lo bueno fue que lo detecté antes de que empezara, así que pude organizar el día. Una noche en vela es más que un síntoma para mí, que he dormido a pierna suelta (cuando la peque me  deja) desde mi diagnóstico. Palabras en mi cabeza daban vueltas mientras Jimena hablaba en sueños. Infiltrante, remisión completa, buen pronóstico, mal pronóstico... Así que por la mañana lo pequeño se fue con la abuela, lo grande a hacer de rey mago y yo me quedé tras la puerta, bajo el edredón, respirando. Dentro, fuera, dentro, fuera, tratando de hacer una instantánea de mi miedo, una imagen que poner en la puerta de la nevera para mirar de frente y decirle: Te veo; voy a por ti. 
Ahora que estoy a punto de visitar por primera vez la planta de oncología no es fácil diseccionar mi mente y ponerle un nombre a esto que siento, pero sí sé que no tiene nada que ver con el tratamiento. No me da miedo perder el pelo, no me dan miedo las náuseas... Me da miedo estar enferma. Me da miedo que mi hija tenga el recuerdo de una madre enferma: "Eso nunca lo hicimos, porque mi madre siempre estuvo enferma". Identificado. Ahora divide y vencerás. Proceso mental. 

Una de las cosas que más me ayudó a no caer en el pesimismo fue aquello de las pequeñas metas. Pequeñas fases. Funcionó de verdad. Si visualizo el proceso completo, fin del tratamiento, vuelta al trabajo, cunde el pánico. Pero creo que en este punto es inevitable ceder a la debilidad, aunque solo sea por un día, y sentir pavor. Maldecir mi mala suerte, llorar a moco tendido, dormir. 
Y entonces sentí pavor por sentir pavor. ¿Y si no era un día? ¿Y si había sucumbido a la desesperación? Una conversación con la amiga de mi hermana me tranquilizó: "Yo creo que es normal; te enfrentas a una situación complicada, pero si ves que se prolonga hay técnicas para combatir la ansiedad". Bien, es normal. Está permitido, aunque solo sea por un día. 

Así que anoche, mientras hacía de rey mago, tuve una conversación con mi cerebro. Le di las gracias por hacerme saber que puedo tener mis días y le pregunté si íbamos a tardar mucho en volver a ser nosotras, esas que se miran el pecho izquierdo y piensan "ya no está", esas que no piensan en la quimioterapia, sino en la primera cita con el oncólogo, esas que cuando piensan en el futuro de Jimena no ven secuelas emocionales. Tardó un rato responderme. Unas diez horas que dormí del tirón. 

Hoy fue un día perfecto. Sé que habrá días malos, pero ya no les tengo miedo, porque sé que no son estados imperturbables. Son, simplemente, malos días. Y todos, con cáncer o no, tenemos un mal día de vez en cuando. 

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